Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

lunes

Canción.

Una vez hemos extendido el brazo y cerrado la caja de música, aflora esa inexplicable ansiedad por oír la última canción, la nota final, un verso. No se sabe de dónde nos viene, lo cultivamos desde hace millones y millones de años, eso de querer cuando es tarde lo que ya hemos deshechado en el vacío, como es con la canción prendada en el aire y sellada en una caja que no sonará más, y escocernos en el recuerdo una leve melodía de la memoria. Desde la infancia más instintiva, hasta la madurez razonable, presos de la humanidad del egoísmo hasta que lo hayamos -a rasgos generales e, inclusive aplicables a la soledad del individuo así como a sus consecuencias, todo en una equivalencia- por fin destruído todo.
Y después permanecemos haciendo montoncitos de arena con las manos, dibujando irónicamente ante nuestros ojos, nosotros que somos hijos del tiempo, la imagen de la eterna caída, el cíclo descendente que cumplimos en todos los aspectos de nuestra vida cuando llegamos al final de alguna etapa, casi tan lejos de aquellas ciudades construídas en cada momento, que todo lo que nos parecía próximo e inabarcable con la pupila del ojo cabe hoy en nuestro campo de visión como caben al final los recuerdos de toda una vida en una caja de latón, o en una fotografía, o en el pálpito al oír una canción que marcó en algún lugar la esencia de algo ya perdido.
Qué pequeñas son las manos de las personas, que parecemos a veces insectos tirando horas de vida al suelo, y volando de acá para allá, de flor en flor, abandonando una para posar en la otra y después volviendo a querer sentir en nuestros pies el tacto de las flores de antaño...

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