Dicen que una sílaba, que un momento incipiente y ferozmente finito, que
un amago de verso y de mirada, dicen que tan bella, que tan guapa, que
discurre y nunca ocurre, que se viste de soles, de lunas, de vida y
de muerte, que la ven caminar lento cuando aún es de color verde y
correr desesperada cuando su fruto suelta jugo. Yo aún la defino con
silencio porque temo matar su clorofila con un nombre que la manche de
humo, que la ensucie y la desdeñe, yo no la quiero nombrar
ni mirar a la cara, porque viaja dentro de mí y en derredor, nunca de
frente. El día que me enfoque mientras la enfoque yo a ella, el día en
que los adornos, y los susurros, y las canciones, se hagan de tierra y
polvo tardío, yo diré tal vez qué forma tiene, cómo suena su voz o a qué
huelen sus suspiros, pero jamás la limitaré bajo una etiqueta indigna,
falsa y terca.
No.
A lo que vosotros llamáis vida, yo no la bautizo porque nunca fue mía, como a un gato callejero herido, acogerla tal vez, alimentarla, recomponerla, darle de mí, una sombra al sol y un poco de agua, esperando que un día se vaya, y ni si quiera me de las gracias ni archive mis inquietudes en el historial de sus crímenes.
A lo que vosotros llamáis vida, yo no la bautizo porque nunca fue mía, como a un gato callejero herido, acogerla tal vez, alimentarla, recomponerla, darle de mí, una sombra al sol y un poco de agua, esperando que un día se vaya, y ni si quiera me de las gracias ni archive mis inquietudes en el historial de sus crímenes.
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