A duras penas la corrosión del tiempo.
Una vida hecha de piel y sangre,
una sucesión de latidos.
Espero con paciencia quebrada
la simbología de un sol
que me recuerda que muero;
si el fuego viene yo me fundo en él,
si el agua me sepulta, la dejo entrar.
Soy el tipo de muerte que se me establezca.
Soy tanto como una caída libre; la vida
dura un grito, un susto y un golpe.
Follaje del asfalto, la paz de un ciclón.
La música está conmigo suspendida
en el viento, me soporta a flote asiéndome
por dos ojales de polvo que descubrí
servían para la anestesia.
Anestesia, nombre melancólico para
una mujer baldía. No hallo semillas,
busco mi cuerpo y hallo huesos,
prendas entristecidas a la merced de un calendario
de agujeros yermos.
Cómo temblaban sus labios cuando supo que podía
elegir sus puertas.
Maldito letargo largo y ruidoso.
Cuando cumplí quince años desarrollé
el pavor al silencio,
al ataúd de la mente.
Temí la desgracia en la palabra rota.
Cápsulas vacías y altamente
contaminantes.
El ejercicio no salva,
la profesión desgasta,
los ideales metamorfosean.
Aquél que diga ser fiel a algo
lo es sólo a la conciencia del cambio.
No pueden alimentarse de una esencia fija
en la edad dorada
de los bailes de máscara.
Cómo arden en su fuego,
mueren sin yo atisbar quienes son ellos.
Sólo huelo su marcha
y oigo su caída ruidosa
como las rocas de
Europa del Este.
Ésta tiranía...
esta corriente,
esta estela.
Yo no sé quiénes son ellos.
Ellos no saben que yo
siempre estoy conmigo.
Me miro al espejo y descubro
un mar de sal.
Las lágrimas en la lengua,
ya saben que saben a blancura.
Dichoso color que me maltrata
y nunca, nunca
me deja sola
conmigo y con todas las que soy.
Tengo una voz hecha de ecos
una armonía destructiva,
mis voces nunca están de acuerdo,
se muerden
se corrompen.
Duermen abrazadas en la soledad
de la noche.
¿Es ése el mecanismo?
¿Así flotan los cuerpos en el río?
La soledad sorda,
la soledad sonora,
la soledad socavada,
soledad, soledad soñada...
Hay un colosal muro sobre los
cimientos del tálamo del mundo.
En él hay escritos dos futíles
reproches
con caligrafía de infante
y lectura de anciano.
La desertora esbozó uno; para qué
tanta vida.
Alguien transparente trazó el otro;
por qué lo perceptible con los
sentidos del cuerpo
y lo perceptible
con los sentidos del corazón
no pueden encerrarse en bote
de cristal vacío.
Todo se resume a eso:
la condena al despojo.
El desarraigo forma
las vías de este ferrocarril
lleno de silencios sordos y visuales.
El silencio tiene el color del ruido.
Qué difícil la supervivencia,
qué difícil seguir aquí.
Alguien; lector, espectador,
ser para el que mi torrente es
indiferente;
ahuyéntame.
*

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