Levantando
los pies del suelo se quebranta el vértigo, como todos los días el olor
a café y el mohín en los ojos, y caminar hacia el encargo, sintiendo
ese vértigo, en pié sobre el aire que se ríe y se hace espeso. Ella olía
a asfalto y a locales de antro, pero siempre tuvo mal equilibrio a
pesar de su particular visión del mundo. De todo lo tomado en sus manos
había, al menos, algo que se rompía y
ella se empeñaba en conservar, lo ponía bajo su manto de redención y lo
observaba durar en una línea transversal en el tiempo, -como ya está
roto-decía-no tiene más utilidad que la de ocupar un lugar en el espacio
y el recuerdo. Nunca comía caramelos de color verde, decía que ese era
su color y creía que era una traición succionarles puerilmente la luz
por un sabor artificial. Tanta perplejidad en los ojos le servía para
asustarse de sí misma, conocía y manipulaba ese conocimiento, se conocía
tanto como conocía a un transeúnte que vaga por la cera de enfrente,
un(a) absoluto(a) desconocido(a).
Decía, también, que lo justo y necesario sería que su primer y único apellido fuese el de "Vértigo", y que no debía tener un segundo apellido porque consideraba que segundos nombres y segundos apellidos eran, congruentemente, una mera redundancia de sí misma en su tarjeta de identificación personal. Y ella no quería reiterarse, quería caducar y durar un exhalo cuando alguien la nombrara, no quería relamer las lenguas de nadie, ni que las lenguas de nadie babearan su identidad.
Tenía vértigo de sí, por eso levantaba los pies del suelo y a veces no era capáz de oir la tierra.
Decía, también, que lo justo y necesario sería que su primer y único apellido fuese el de "Vértigo", y que no debía tener un segundo apellido porque consideraba que segundos nombres y segundos apellidos eran, congruentemente, una mera redundancia de sí misma en su tarjeta de identificación personal. Y ella no quería reiterarse, quería caducar y durar un exhalo cuando alguien la nombrara, no quería relamer las lenguas de nadie, ni que las lenguas de nadie babearan su identidad.
Tenía vértigo de sí, por eso levantaba los pies del suelo y a veces no era capáz de oir la tierra.

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