Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

viernes

Doña Ponzoña y el oro del corazón de ribetes.


El miedo es una garra emponzoñada y amarga de un monstruo ciego e inseguro que te rodea el cuello con una fuerza arrolladora y acompañada de una presión incalculable. El miedo de cerca parece de colores raros, el miedo atrae, una vez que aflora, cuando se le da la oportunidad de invadir un pecho, como atrae la miel a las moscas, inutilizando el sentido común, cegando los ojos, como si de esa emponzoñada garra emergiese una suave mano de diosa griega que de un amago de caricia volteara tus ojos hacia dentro (mucho más peligroso que arrancarlos de cuajo) para mirar al miedo a los ojos, y perder el norte.

Te lleva a la pérdida de identidad.

Un día se mueven las fichas del tablero y llega ese monstruo ciego, al que debo aprender a invitar a café con palabras y largar cuando comience a hastiarme, debo decirle que hay en mí pálpitos inalterables, que no los toque, que son hermosos, y que son la única cuerda tirada al pozo de mi fuero interno, a la que me agarro para huir al mundo más verde y azul en el que jamás mis labios habían pronunciado palabra. Nunca encontré palabras exactas para describir hacia donde me llevaba esa cuerda de mito griego que un día una sonriente luz lanzó a mi oscuridad. El monstruo ciego tiene envidia y envenena, y yo soy una débil masa de miga cubierta por una corteza dura de quemazón, que con el roce del dedo se hace polvo, y desvela esa blancura que tienen las cosas que fácilmente se corrompen por el miedo, que saben mucho, porque saben mucho, pero que tienen vértigo. El monstruo casi corta mi cuerda, mi preciosa cuerda ribeteada en la que hay grabados mensajes del corazón, que me lleva a ese mundo donde se salvan mi vida y mi salud. La rasgué con mis uñas, pensando que mi mundo era efímero y pasajero, que se escapaba de mis manos, con mis ojos hacia dentro, color ébano, pensando errónea y temerosamente (siempre, el miedo, la ponzoña, hundiendo el puñal en lo que más ama un corazón) que se caía como se caía mi quemazón negro manchando mi miga blanca, y antes que ver aquello despedazarse yo habría saltado al vacío, huido, habría cruzado el charco, el mar y el río, para alejarme de una visión que se llevaría al centro candente de la tierra mi entereza y el poco peso que me mantiene a ras del suelo. Siempre estoy a punto de salir flotando hacia la atmósfera, como un globo que se escapa de la mano de un niño que encuentra una nueva distracción, o que simplemente crece rápido, y mi levedad, mi frágil levedad, explotaría, se convertiría en confeti, en papel de seda, pequeño y al viento, si fuese testigo de esa imagen, si mi cuerda, mi niño, mi dulce niño ribeteado creciese o encontrase otra identidad que abrigar con su mano, y yo me alejase, me perdiese, lejos de los dedos de mi mundo de sonidos de río, de colibríes, de colores, de ribetes de oro, de naranjas amargas, verdes de violines y marcas de ámbar.
Mi niño de ribetes y pedrería ambarina en los ojos, mi cuerda con mensajes del corazón, me aferra inconsciente, no conoce al monstruo ciego, no conoce la ponzoña. Yo quemaba el mundo, cortaba su cuerda, me hundía en el pozo, y nadie me estaba dejando sola, crecer y avanzar hacia el cielo, hacia el frío y el blanco, y yo seguía cortando mi vida, mi esqueleto de flores que siempre sonreía se estaba secando. El mundo fue de repente un desierto en medio de esa atmósfera encima de mi cabeza a la que tanto temo escaparme. Entonces mis pies empezaron a despegarse, yo me estaba marchando, nadie me había soltado, pero yo me estaba marchando. Y me asusté de mí misma.
Me asusté de mí. De mis dedos, de mis ojos, de mis manos.
Mi niño de ribetes me gritó, y yo lo encuadré en mis ojos, él era el centro de mi visión, de mis sueños, y yo lo estaba soltando a él. Mordí sus dedos dejando ese rastro venenoso en su piel de cielo, lo dañé, lo quemé, lo estaba emponzoñando. Él era exacta y calculadamente la mitad de mí, y yo me estaba autodestruyendo.
Volví al suelo, volví con miedo, miedo racional, no ponzoña, miedo del que se tiene cuando se abre los ojos y no se recuerda como se ha llegado a un lugar determinado, miedo de no saber de los actos de uno, de la inconsciencia y el paradero desconocido. Pero mi niño de ribetes tiene brazos en los ojos, y cuando me miró, mis ojos le respondieron. Ya la diosa griega que volteó mis ojos perdió su máscara y se disolvió en el aire, el monstruo ciego rabiaba con su sangre negra goteando por los colmillos, y yo languidecía en los ojos de mi niño ribeteado, temblando de éxtasis. Un árbol inusualmente inmenso rompió la tierra seca brotando decididamente hacia el cielo, abriendo su copa, abarcándome a mí y a mi niño de oro, la hierba comenzó a alzarse, era aquella una auténtica visión del génesis, llena de vida, animales, flores silvestres que jamás había visto, y mi pozo estaba allí, con la cuerda echada y respirando al lado de mi niño de oro, que se había escapado de mi lado para situarse en medio de aquella materialización de la belleza, consciente de que lo seguiría con los ojos, para que yo también fuera bella, para que me inundase de su majestuosidad. Caminé lentamente hacia él, sonaban flautas. No sé si eran flautas, pero sonaba algún tipo de melodía en el aire, de esas que te separan la mente del corazón y el corazón del cuerpo, localizando dónde quedaba cada una de esas entidades de mi ser. Prometí a mi niño esmeralda que cuidaría el jardín, mi niño esmeralda era una sonrisa cosida en un rostro de arena cálida y brillante flanqueada por dos ventanas de auténtica luz estelar justo encima de una pequeña y empinada colina de piel de melocotón.

No podría, ahora lejos del miedo, volver a romper ese ciclo, quebrar a mi niño de nubes, mi niño de mi mundo, y a su jardín extraterrenal al que estaba invitada a subir desde mi pozo de oscuridad y permanecer allí, en un eterno sueño, siempre que el parasitario miedo emponzoñado, el desastroso monstruo de la ceguera, no subiese conmigo anclado a mi espalda llevándose mi verdadera identidad, robándome mi sangre.
No sabría amar más. Si lo hiciera creo que mi corazón se pararía, por pura insuficiencia, porque un pecho humano que albergue tanto detonaría llevándose al planeta consigo en un rayo de luz y energía que cegaría al resto de los planetas, a las constelaciones, y uniría al mismísimo sol en esa explosión, sintiendo éste una admiración incomparable por ese brillo puro que tiene el amor de un humano cuando no está corrompido por la enfermedad ponzoñosa de su propia raza.


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