Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

jueves

Naranja amarga, verde de violines.

Eran las calles una caja de ojos,
y él abrió los suyos
y con uno sólo
que hubiese despegado,
esa maravilla que posee,
que no es notable
ante ojos vulgares
habría inundado ese cajón
de negrura y hierro,
quemado la madera,
hecho huír a los ojos ciegos,
y haber dejado a los míos
allí, 
dentro de esa caja,
que ya no era una caja,
porque se formó en almohada,
y las plumas llovían,
enredadas en sus pestañas,
esas pestañas de estámbre,
que parecen ramas
de luz,
que magnificaban
y hacían reafirmar
el hecho de que miraba a quien miraba.
Miraba y en la luna lo sabían,
sus ojos parecía que gritaban
casi canciones
y lamentos,
no hablo de tristeza,
eso no estaba en esos ojos,
eso era matarlos
aquello era luz puramente,
luz con brazos y manos
que abraza y aprieta,
y lloré,
lloré en sus ojos
como un cachorro asustado
lloré por estar llena,
y quise liberar peso, y flotar con él
allí donde estaba, arriba del todo,
hacia esa luz armada con brazos,
lloré por incredulidad,
y volé,
y me perdí,
y probé una miel
que no podía venir de insectos,
probé una miel que era
luz,
todo era luz,
mi boca se llenaba de luz
y mi mente se anegaba de luz,
y no había más que luz,
color, brazos y manos,
en esos gemelos de arena
donde hundiría mis dedos,
donde ahogaría mi angustia,
y hasta el cuello,
y más allá del cuello
prendería mi carne.
Cuando el sol los mira,
irónicamente a su luz,
su luz lo desafía
y lo reta a brillar
si es que hay
estrella capaz
de brillar como brillan
esos caramelos
de terciopelo y cristal,
lucen con demasía
saben de lo que son capaz,
y esa luz de miel,
de naranja amarga,
se rompe sobre un musgo,
enmedio de un campo mojado,
de un verde que sangra,
húmedo,
verde cálido,
un verde que hasta entona,
un verde de violines,
bajo un corazón de miel
borbotones,
mis manos de arpa
se anudan entre sí,
y de nuevo es inverosímil,
no es terrenal,
ni si quiera palpable,
y el día en que esos ojos se cierren
parecerá que está nublado,
el sol no tendrá igual,
y la miel que roce mis labios,
voverá a ser convencional,
de insectos,
yo ya no lloraré,
no querré mi levedad,
querré quedarme ahí
cerca de la tierra con la que se funden,
ese verde de violines
y esa naranja amarga
que hacen el amor 
tan desgarradoramente
ante el sol
y llevan mis manos sobre mis cejas
para proteger a mis ojos,
mis pobres e incrédulos ojos,
de esa apacigüada explosión
que deja ciegos,
a los ojos,
en las cajas oscuras
que forman las calles de esta ciudad de sombras.

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