Se empieza, siempre, con una palabra extraviada. Digamos Hola, y se apartará la hiedra, el "ábrete sésamo" de la reciprocidad, como el índice de un libro, desde la primera grafía. Se dibuja un bodegón de intercambios, sobre la escudilla de barro la fruta no mordida, luz naranja y un equilibrio estático.
Mi palabra extraviada está perdida, pues siempre camina la primera, siempre parcialmente sola. Sale para ser evocadora, imán de iguales. La palabra extraviada que nace en el flujo de conciencia, sí, así es, y el flujo de conciencia es como el tiempo, como la línea recta del tiempo, aunque la rectitud de la mente y el pensamiento deban comprenderse como una epanástrofe, ya que hay cronotopos a los que la mente nos hace regresar pero de los cuales el tiempo nos aleja.
La mente siempre está mirando hacia atrás, hacia delante y a su espejo, y es cuando sucede, que una mirada la lleva a otra y un paso al otro, y la relación entre dos esquinas de una misma calle se hace inevitable. Es como ocurre con las palabras, esto del deambular de la mente (excepto con las extraviadas, claro, que son la primera esquina angular de algún barrio perdido de la primera ciudad del mundo), como ocurre con las palabras, sí, incluso las encadenadas.
¿Quién no ha jugado alguna vez a las palabras encadenadas? Alegórica ironía en un juego infantil que mimetiza indiscriminadamente ese instrumento tan nuestro, tan humano, sonoro y sordo, entramado del concienzudo y bípedo defecto. Amada comunicación, cómo dependes de la cordura...o no.
Siendo entonces, este juego infantil, este instrumento tan nuestro, una sucesión, una palabra es parte de la que procede, de la que antecede, y de sí misma, para volver y demorarse en aquella que la siga.
Son causa y efecto.
Ahora me apetece pensar en la palabra más adecuada para cada momento en el espacio y el tiempo dentro del ciclo vital de un humano que ama y odia y que cree ser social y depender de un contexto...la mejor de las palabras extraviadas que dará la voz de salida, que teñirá a aquella que la sujete, y que irá a su vez tinta de la luz propia del flujo de conciencia, de sí misma, de la particular mente que la brinde.
Quiero pensar entonces, que todos somos una palabra.

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