”(…)había doblado los días y sus noches como se dobla el papel
para hacer un barco, doblado, arista y ángulo, los días se doblan o se
cuelgan, yo había colgado viernes del jueves, del jueves el miércoles,
el miércoles del martes, del martes el lunes, y todos los días colgaban
del domingo (no del sábado, el sábado volaba porque no se definía). Los
días tienen la forma, algunos de sus tardes, otros de sus mañanas, y
todos tienen un poco de sus noches, de sus noches con sueños o sin
sueños. Las mañanas se manchan de café, y a veces parecen, volviendo al
ejemplo del barco, un papel sobre otro papel que parece dibujar el
cuerpo diurno, pero que después se retira en un doblez hacia atrás,
haciendo una arista o ángulo, haciendo resaltar la esbeltez del papel
que escondía debajo, y despunta el resto del día, con el eco de la
diurna figura, casi zigzagueando y medio de puntillas hasta llegar,
sudando, a la noche donde la oscuridad hace que la transparencia de ese
esbelto papel sea casi tan parda como lo son todos los gatos en la
porción negra del día. Los días que se definen por las tardes, son días
de luces, un abanico de tardes es, ante mis ojos, un auténtico abanico
tonal que oscila entre los colores cristalizados, donde se evocan a la
mente elementos prefijales como <hidro> o palabras como
<azul>, <blanco> o <vaho>, y entre los colores
candiles propios de otras estaciones del año que evocan, a su vez,
palabras como <naranja>, <bufanda> o <ciruela>.”
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