Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

jueves

Hojarasca

La luz naranja en la esquina superior izquierda sobre la cama. La pared A, la pared B, la pared C, y la pared D. La cama desecha, con olor a signos de alteración extrema, la sábana plegada y arrugada, desceñida de la base, de sofocar el peso de la mañana, del medio día, de la tarde, y de la noche. La pintura desarraigada en los abecedarios muros, las estaciones del polvo, los libros desubicados. El humo. La garganta. El sonido caliente al exhalar. Los ojos diluídos, y acolchados. Las manos rojas, y empapadas. Una colmena el corazón, el veneno de las picaduras. Una Elaphe Obsoleta lo constricta y supuran las dolencias inagotables. La agitación descontrolada dentro de la quietud de un cuerpo varado. El suelo de agua. La cama flotante. La imposibilidad de tocar ese agua. Una cabeza llena de peces. Mirar a los lados. La semioscuridad provoca que el brillo de los metales se desprenda de su posición fija. Hay luces que sólo se ven a oscuras. Las letras mezcladas. Ahora un violín, cortando un tálamo en dos, dibujando un surco en la piel que se torna en grieta y se pueden ya hasta tocar las cosas que laten dentro. Una desnudez patética, afligida y agonizante.
Yo de ver nada, el miedo de la nada, de que las manos vacías hormiguean en el centro.
No son pretensiones denegadas, ni orgullos podridos. Es el peso de la certeza lo que hunde a esta cama en el agua de esta salina. Ahora que he mirado mucho con estos ojos de piel cetrina lo que tanta luz me ha proporcionado y ahora arrebatado, he visto que no veo nada. Apenas una delineada línea inócua en el paisaje del cuerpo de una cebra...y he pensado en tantas veces, en mi cuerpo, y en el tuyo, en tantas veces haber sentido tener una ventana en el esternón por donde tu podías meter tus manos apacibles y viriles, y tocar un corazón que se resentía sin descanso de ser tocado, la forma del dolor, de sentir la violenta intensidad y la seguridad de que algún dia, en silencio, expiraría entre tus dedos. Cuanta vida se va del corazón cuando uno lo utiliza al máximo de sus existencias, cuanto dolor que sube por el cuello y la tráquea hasta los oídos cuando uno ama la integridad de otro que está a su lado, que parece que es la vida un paisaje esbozado de fondo, con un escenario a tablillas, sobre el que ejecuta los movimientos este cuerpo de la muerte y la vida y la muerte de nuevo por el que se suspira con sangre y angustia de sólo amarlo. Cómo volver a uno mismo no lo sé, ahora vivo dentro de un cuerpo que no es el mío y camino por las calles de una ciudad que ha perdido la gravedad y las historias interesantes. Arrastrada por el viento hacia arriba y abajo y agradecida quebradamente por su impulso, los ojos de las personas que me rodean son como piedras pulidas ahora. Todos saben mi nombre, yo he perdido el sentido de si debo responder a él. Un nombre, una cara, un título, un núcleo social, una familia, un porvenir, una casa, un proyecto, dos, tres...Son muchas las cosas de las que uno debe estar pendiente, por las que uno debe inyectar hierro en sus rodillas y ser inflexible ante la adversidad, pero toda esa constelación de posibilidades, cuando uno ama dolorosamente y teme, por su propia vida, teme, la pérdida absoluta del norte, como una tormenta de arena, de nubes negras, de todos los fenómenos del cielo y de la tierra que son en efecto naturales, impredecibles e incombatibles, ese cielo se eclipsa y nada existe porque la química del cerebro es, en efecto, natural, impredecible e incombatible, y las elecciones del corazón son, en efecto, naturales, impredecibles e incombatibles.
Y yo me quedo vagando, natural, impredecible e incombatiblemente por esta ciudad, hasta que me aleje de ella y la entierre en la zona cero de mi corazón, como una cajita de latón llena de recuerdos que ya sean solo recuerdos y respondan únicamente a la nostalgia y no al desgarro. Viviré el teatrillo de mi vida, consciente de mi irreparable tropiezo, y trataré de mejorar mis ojos para que encuentren, al menos, el reflejo de la constelación que solí seguir un día, cuando no era media persona, y tenía capacidad para soportar lo que ahora mi mutilación me condena a no soportar más.


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