Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

miércoles

Orilla, río, orilla.

Partícula primera

Las palabras, esas tan putas, tienen las maletas a las puertas de mis oídos. Las ví mentir y sobresalir entre el resto, las vi calentar las camas de todos y yo las oí en la intimidad de un susurro como mías como puras y no. Las palabras tras los labios, encerradas. El oído a vivir al campo. A los pájaros y al viento entre hojarasca, al murmullo del vacío de la amplitud en lo verde de los valles. A las palabras en la ciudad, donde la gente está manchada y camina porque no sabe detenerse a mirar una mierda. Las palabras a las páginas y a las canciones, no resbalando de las bocas consentidas e inquietas. Las palabras son canciones de sirenas. La piedra repetida del camino. El oído es un vasallo, encandilado y a los pies de frutos de a saber qué árbol. De qué rincón viene cada palabra, y por qué suenan de una manera distinta en los labios de cada uno. A palabras necias, oídos sordos. Mentirosos todos. Necios los oídos, que nacieron sin tapón.

Partícula segunda

Una muerte estratégica para un mártir del recuerdo, que no sabe, pobre mártir, que el recuerdo es como el agua, que toma la forma del recipiente en el que duerme. Pobre mártir del olvido, que no sabe que el olvido es lo más cercano del recuerdo que un sacrificado por la paz de la conciencia puede estar. Pobre mártir de la vida, que acabará muerto de sed a las orillas del río y roto del hambre a los pies de la cornuscopia. Pobre mártir de terciopelo, quemado al fuego y derretida su elegancia, donde vas con esa cara tan larga, parando en las ventanas, asomado a la arrogancia. Pobre mártir, tu orgullo es un alúd, pobre mártir. Pobre mártir, pobre mártir. Tus anchos pies son un ataúd.

Partícula tercera

Un cuerpo redimido del señor de la coronaria vaga por un terraplén de asfalto y ceniza. Las únicas divinidades existentes que castigan son el arrepentimiento y la incapacidad retrospectiva de los relojes y los años. Los días pueden volver. A veces. Ese cuerpo pierde las uñas urdiendo en la porosidad del asfalto que lo invade desde abajo. Ese cuerpo está perdido brújula en mano. La ceguera rábica, colérica. Tercera divinidad justiciera del mundo del asfalto.

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