Un papel se arruga con la voluntad de una mano; así también se arruga un gesto y una palabra mal enviada. Las arrugas albergan resíduos de una planicie deseada, evaporada en la mirada. De qué me sirve, digo yo, perder tanto tiempo entre los libros, lo que me están contando me abren al mundo o me encierran en un ambiente que no existe. Hay algo que esperar o alguna doctrina o filosofía que aplicar a algo establecido. Estoy haciendo el ridículo ante la rueda del tiempo. Arrugo mi rostro como arrugo mis palabras y los papeles que nunca decido conservar. Es estúpido verme así, tan desprovista de todo y empleando mi tiempo en el paso de las páginas. Es placer pero con algún fruto, me digo. Me digo que no a todo, que no. Que estar de brazos cruzados es lo mismo que sostener los libros en mi regazo. Cartas en el asunto. Cumplir con lo previsto. Ver una gota de agua pegada en el cristal. Todo está a merced de la observación. Entonces todo está tan parado como los ojos de quien no tiene tiempo. Bueno. No lo sé.
Como siempre me sucede, no lo sé. Nunca puedo, a pesar de mis intentos, llegar a saber nada.

