"Una pequeña certeza."
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Un día azul suspiré sobre tu clavícula izquierda; la del pájaro, la del corazón ciruela. Lamí tus dedos como si fueran los que me aproximaron al festín de mi alegría; de un sórdido ruido de gentes aglomeradas dentro de mi pecho, como una fiesta estival, como el alboroto de un pueblo; nada concreto salvo un cántico risueño, una felicidad atolondrada e intantil. Me coloreabas la zona blanca de la mirada con la zona parda de la tuya. Yo me reía mucho, fruto de la efervescencia de mi tan intantil y nerviosa felicidad. Dibujamos, mucho. Dábamos forma. Forma de nada a nada; para poder intuírla después. Es agradable el olor de tu cuello al compás de la lluvia de la noche. Me sonrío hacia adentro, y pienso que el gotelé de tus paredes simula las perfectas imperfecciones de la piel que cubre la vuluptuosidad de tus huesos y músculos que a su vez se agitan con la vibración de una voz de presencia, de tu virilidad pueril, tan tuya como mía como visible e imperceptible a la vez en el resto del mundo, el cuadro entre los cuadros en la sala entre las salas del museo entre los museos de las ciudades, de los países, de la tierra. Mi barco de velas grandes. Yo frente al torrente de tu esencia, sobre la sábana más larga del mundo.
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