Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

domingo

Borges dió a luz a un "hacedor"

Detrás de mí respiran los pasos que nunca he dado. En la oscuridad reclaman mi dedicación, tienden trampas a mi equilibrio. La ruina de los pasos no dados quiere hacerme creer que soy una peonza, y estoy diseñada para otro movimiento o condenada a la eterna caída que implica siempre volver. Me gusta ir de frente porque de este modo no veo que me persiguen los muertos, y eso a veces me permite hablarles. He anudado unas campanillas a mis tobillos, para que nadie me haga confundir la pausa con el ritmo, y seguir siempre el sonido del avance, la música tendida en el suelo como una polvareda naranja en los caminos de una estepa, susceptible a la erupción al menor movimiento. Apelmazaré el polvo a mi paso y diálogo con los que no son nadie, fragmentaré el campo de visión; nada excepto el humo en el rabillo del ojo. Pestañas fuertes, para que no entre partícula alguna. Tal vez algún día mis ojos cambien de color. Alcanzo ciudades, pueblos pequeños, pueblos vacíos. A veces paso día y noche y no he alcanzado nada. Lo que yo recojo está lejos de ser un destino fácil y localizable. Recojo pedacitos de lo que pueda ser una vida, que voy montando en mis manos, jugueteando con mi tesoro a lo largo de este valle de polvo y charlando con los espectros que nunca me tocan, recojo una lágrima a veces, que me sirve para enjugar la mirada y conseguir nitidez, otras veces la risa expira el polvo que pueda haberme entrado hasta la garganta. Todo me limpia y yo me ensucio sola, como los niños en el barro que no entienden de impecabilidad y buena presencia, sólo del placer de involucrarse en el juego de la tierra. Mi presencia es desastrosa; como la de un alfarero que crea con las manos, como la de un pintor; mi trabajo es andar por el polvo y manchar mi ropa, y cuando la lluvia la limpia bailo bajo ella, en señal de agradecimiento. Porque siento que si no me veo pequeña, nunca notaré que he crecido. Si no me veo con las manos vacías, no sabré que algún día las llené. Lo que recojo en mis largos paseos son motivos, ideas y pequeñas raíces. Tal vez crezca algo.
Lo que me distancia del alfarero que se sienta frente al bulto de barro que un día será un jarrón, del obrero que se agacha y se levanta frente a los muros que algún día serán un edificio, es que yo aún no tengo la más remota idea de ante qué espectáculo voy a estar sentada yo, qué emanará de todo lo que me hizo ser un día, y por qué una cosa, y no la otra.
Yo estaré, probablemente algún día,
sentada de espaldas a los fantasmas, y de frente a una pura y desnuda proyección de mí misma, que bajo el contorno que tome, tendrá las mismas manchas de polvo que un día tuve yo sobre mi ropa.



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