Cultivar un rosal a la orilla salada de playas nevadas.
Hemos intentado tanto que nos hemos quebrado la garganta, las manos nos
sangran. Una soga en nuestro cuello nos decora la figura; podríamos matarnos
exhaustivamente, la muerte nunca nos toca de verdad. Tus ojos están cansados de
mirarme. Mis ojos son entonces un reflejo de los tuyos. Mi piel ya no se eriza,
tu piel es la pared que te separa del mundo. Nos arquean las rodillas hacia
adentro, los descorazonadores caminos que siempre elegimos seguir; no hemos
aprendido nada el uno del otro, pero sabemos como nadie sobre las líneas rectas
y el vendaje en los ojos. Hacemos una rayuela eterna entre iceberg e iceberg. "Eran
cientos de kilómetros de frío; supongo que por eso sólo me has rozado".
Una canción regalada al aire apuñalaba la almohada que escondíamos bajo las
sábanas, a modo de ser que duerme. Estaba muerta ya, siempre ha estado muerta.
Las sábanas estaban muertas, la almohada estaba muerta, las canciones estaban
muertas. Tú y yo somos dos cadáveres automáticos. Uno frente al otro. Pétreas
presencias. Siento, con los ojos cerrados, como un velo de polvo gris cae sobre
mi juventud trastornada y creo que la arcada se convierte en un oleaje
interior; tú me has arrugado sobre tus rodillas; plegada como la prenda de
olvido, encogida como un acordeón, pequeños papeles rotos en la esquina de una
habitación. La música de este acordeón retumbó en todo el espacio; la oían las
lunas de Saturno. Un grito sordo sobre la melodía la catapultó al silencio
inmediato casi como un insulto.
Yo he conocido la cara del silencio.
La veo en ti conmigo, y en mí contigo. La veo en lo que nos envuelve, en lo
que nos atañe.
El impulso vivo, el espasmo, el nervio, la adrenalina, la embriaguez...son
prendas de la alta costura que nuestros fondos de armario nunca supieron
elaborar a la par.
*

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