Mire con delicadeza -pues sino la magia se esfuma- la sensación ósea que
deja la ausencia. Mire como se estrella su corazón, con huesos pequeños,
diminutos, como el interior de una sandía. La ausencia. Qué traje tan solemne.
Parece un huracán lejano, un monzón del pasado; el olor especial de una casa
ajena también es ausencia. Una mirada clavada hacia el exterior de una
fotografía. Oiga como su venenosa sutileza convierte el silencio en un ruido
ofensivo, un chirrido maleducado, semejante al mar de aire que se oye dentro de
las caracolas, pero malsonante y descarado. Note con sus manos la ausencia
física, note la vertiginosa y kilométrica amplitud.
Nótese a usted y a la espesura "nadina" que le abraza, que le invade
la piel y le quema en los ojos.
Note y palpe; la nada masiva y multitudinaria. "Nadas" de todas
las formas y sabores. Note y sienta estar solo en una habitación, y no confunda
nunca la ausencia con la soledad, porque la soledad es sensorial, y hasta emotiva,
pero la ausencia juega con la cordura y los estados del alma, y puede ser una
amante peligrosa y deliciosamente adictiva.
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