Mi carne en viandas se suicida y se disuelve.
Se ha querido marchar y yo le he pedido a gritos que se quede, que me espere.
Me ha contestado que esperando solo pasa el tiempo,
y yo le he replicado que pasando el tiempo pasan las cosas.
Después se ha querido ir disolviendo en mi sangre y en mis lágrimas, dice que no me espera,
pero yo sigo con la mosca tras la oreja, así como con una lucecita, así que me quiere decir que me quede, que aún hay algo más para mi, y que tengo que descubrirlo. Pero mi carne me dice que no.
Mi carne se quiere ir, dice que le duelen las heridas y que no, que no espera a que descubra ni redescubra, que la están matando y que sabe que después me matarán a mi.
Dice que se va, que se marcha.
Dice que no me espera,
y si no me espera mi carne,
no tengo un escalón donde sentarme a esperar que pase el tiempo,
a esperar que pasen las cosas.
Después llegan mis ojos, mis ojos dicen que se van.
Mis ojos me dejan plantada.
Dicen que están irritados, que no saben humedecerse más y que están quedandose sin agua.
Dicen que ya no reciben bien la luz, y que si esperan un poquito más, acabarán por volverse locos, y por no ver nada.
Dicen que no me esperan.
Dicen que se van.
Y si no me esperan mis ojos,
no tengo ventanas para ver pasar las horas y esperar que pase el tiempo,
ni para esperar a que pasen las cosas
Al final llega mi pecho y me dice que ha explotado.
Que está sangrando y que ha perdido muchas ganas.
Dice que ya no late igual y que le resulta un suplicio sentir el aire.
Dice que se va, no me ha querido decir más nada, por eso no escribo más nada.
Él tiene la última palabra.
Dice que se apaga.
Dice que no me espera.
Y si no me espera mi pecho,
no tengo escudo para protegerme del tiempo que pasa sin noticias,
ni tengo fuerza para esperar a que pasen las cosas.
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