Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

jueves

Suenas a noche.

Me caso con mi palabra cuando afirmo que tu cuerpo es mi transporte.
Suenas a noche cuando susurras, cuando los duendes llaman a tu ventana para ver la luna.
Tus manos son calles vacías y mojadas, antiguas y pequeñas que se antojan apetecibles a horas inhóspitas, cuando nadie más puede verlas en su pleno esplendor, cuando regalan encanto al último en llegar y en volcarse en ellas.
Suenas a noche cuando amaneces. Dame tu aire y llévame contigo, pero no me lo des todo.
¿A noches oscuras? No, a noches desiertas.
Maldita sea.
Es ponerse el sol y verte en mi reflejo.


Unomásuno.parecentrés.

Un síntoma de autoreflexión puede ser la bandera de las conclusiones de nadie,
darte por poner bajo la cama lo que debe estar bajo el sombrero.
Pero cuando uno da en la diana, le llueven llaves y hasta le llueven puertas.
Satisfacción perfecta en aguas turbias, pero aguas al fin y al cabo, reveladoras de profundidad semirelativa.

domingo

Tonalidades, primera parte.

La chica del abrigo verde cerró la puerta tras de sí. Quedaron frente a frente, la chica del chaleco azúl y la chica del abrigo verde, como de bruces la una sobre la otra, un abrazo ocular.

-¿Y bien?
-Estamos citadas, no sé si por trampa o sorpresa, a la misma hora, en el mismo lugar, el mismo día, por la misma persona. Pensé que tendrías alguna explicación.
-¿La tienes tú?
-Debo tener una también, en alguna parte entre nosotras dos.

La chica del chaleco azúl entrecerró los ojos y arrugó los labios, de forma que las comisuras parecían pequeños torbellinos flanqueando su boca, no comprendía la imágen que tenía ante sus ojos. Tenía pequeños hoyuelos que contrastaban agradablemente en su risa con la voluminosidad de sus pómulos, infantiles pero curtidos. Al fin despegó los labios, pero no formó palabra.
Aquella lacería de incógnitas dibujada en aquellos hoyuelos despertó en la chica del abrigo verde una chispa de suavizada exasperación, y exhaló con fuerza hacia un lado el suspiro más opaco que contuvo alguna vez, se desabotonó el abrigo, desenrolló la gruesa bufanda color arco-iris de su cuello y relajó los libros que portaba a unos centímetros de sus zapatos.
Antes de volver a la vaga conversación con la chica del chaleco azúl miró en derredor, gastaba el tiempo, no tenía nada que decirle salvo que por alguna razón, era indispensable y de vital importancia que algún día remendaran algunos desastres la una frente a la otra. Tuvo que ser ese día, día "nosequé" de Octubre, dentro de una sala de un museo en la que las paredes eran blancas, las puertas eran blancas, el suelo era blanco, y no se exponía más que el color de sus prendas y la tonalidad de sus palabras. Ante tan poco estimulante escenario, el acto de aquellos dos personajes se magnificaba, tal como hacían las emociones, tal como hacían los ademanes. Todo se hacía inmenso en un entorno tan pasivo, desprovisto de carácter alguno que las alentaba a la propulsión de sus particulares fórmulas, sin contaminación alguna, tan arraigadas de sí mismas que aún fuera de ellas parecían sentir su lengua anudada a las palabras dichas minutos atrás.

-No me apetecía hablar contigo.
-Nunca nos apetece.
-Si te cuento siento que no te cuento.
-¿Y qué? ¿No puedes simplemente dejarlo estar?
-No es un acto natural. Es como si me callese de rodillas al segundo de haberme levantado de una anterior caída de rodillas, y además, me doliesen los tobillos.

Rebotaron carcajadas en aquellos muros pálidos, donde el tiempo parecía una bolsa de papel arrugado. La chica del abrigo verde cambió su gesto y decidió que el tiempo empezaría a contara partir de aquél momento.

-En realidad estoy aquí para decirte, únicamente, que piensas demasiado. 

La chica del chaleco azúl se quedo en coma físico, pero pensaba demasiado.
Pensaba demasiado...
Pensaba demasiado...
Y la chica del abrigo verde se desmoronó de repente, como en un millón de partículas, incluso sus libros, también se desmoronaron con ella, el abrigo verde, la bufanda arco-iris, y sus palabras.
La chica del chaleco azúl se asustó; la habían visto entrar justo después que a ella, y ahora ha desaparecido, y la sala era demasiado blanca. ¿Cómo podía ser? La buscó pero se sintió ridícula, era como buscar un amuleto en una caja vacía.
Salió corriendo. La chica del chaleco azúl hemos dicho que piensa demasiado, excepto cuando se satura.
Atravesó la única puerta de la sala y penetró en una sala contígüa. Ésta era en su totalidad verde oliva.
El único elemento que aquí encontró fue un espejo de pie, de bordes plateados con formas erizadas y curvas, asemejando el movimiento del mar y a la vez de la hierba fresca azotada por el viento. La chica del chaleco azúl pensó que el color plateado no le hacía justicia. Se asomó.

-¿Qué estás haciendo ahí?
-Te has detenido, te has vuelto a ir mientras te quedabas, y por eso me has expulsado. Ahora estoy aquí. Y no sabes sacarme, maldita sea.
-Yo no te he encerrado ahí.
-De algún modo lo hiciste. Arréglame. Hazme real y no me dejes ser sólo un reflejo, porque si no sólo me verás tu, y únicamente en caso de que te asomes aquí. Te olvidarás del reflejo si dejas de asomarte. Y yo me perderé, y después te perderás tú- respiró, le brillaron los ojos, parecían un telar semitranslúcido que trataba de cubrir una sala llena de sol y cubierta de pequeños critalitos de color cuyo destello no podía eclipsarse ni cubriéndolo del negro más profundo.-ahora te quedarás aquí.


La chica del abrigo verde le tendió un libro, El Misántropo, -para que te entretengas mientras esperas, estoy segura de que tardarás en hallar la respuesta, aún siendo la más obvia.-, la miró como si llevara gafas y lo hiciera por encima de ellas, ladeó la cabeza, la escudriñó, arrugó las cejas, la naríz...después puso cara de haber desperdiciado media vida y se sentó en el suelo verde de su lado del espejo, abrió Esperando a Godot, e ignoró a su vecina de enfrente.





jueves

Gotelé y declaraciones de paz forzada.

Tu enfermedad es un síntoma del pensamiento.
Un gusano dentro de tí, alimentado de tí, provisto de tus ideas.
Qué cosas estas que le pasan a la gente. Qué cosa esta de la vida, que a veces parece una vuelta a la manzana en la bicicleta nueva de un amigo, y otras una calle oscura enmedio de la lluvia, sin luz y sin voces, a tientas buscar amparo. A tientas no volver nunca.

Se le coge cariño al odio, se enamora uno del miedo y se siente feliz en su medio. Cuando ya es todo intrínseco se acabó la aventura, no quedan objetivos, ni obstáculos, es solo discurrir, merodear, deambular. Una hormiga en un mantel, una riada.
Volver la cabeza y recitar: "Ya estamos aquí, nunca nos hemos ido del fondo del abismo."

 

 

 

Gotelé y declaraciones de guerra.

No quiero más cárceles mentales, no quiero clasificar, ni que me clasifiquen.
Quiero abolir el órden, quiero correr por el borde de la piscina, y asomarme a un agujero.
No quiero ver caras antisemánticas, ni oír palabras aireadas.
No quiero de ti, ni de ellos, ni de ellas.
Quiero de mi, y de lo que pueda ofrecer a la demanda, todo casero, todo procedente del aire de una habitación cerrada, cerrada
, enclaustrada, claustro, clave, abominable reflexión acerca del disparo de la mente.
El disparo que interroga.
El disparo que reconstruye.
El disparo que no espera
que se disparen las conciencias,
porque las hace dispararse, porque ha disparado,
en dirección a la diana de lo tomado por incorregible.
Corregido el mundo, procedemos a su autodestrucción.
Implacable levedad del ser que nos hace invencibles justo en el medio de nuestra relativa existencia.
Hechos para morir.
Hechos para cambiar el mundo.
Hechos para cruzarnos de brazos.
Hechos para dormir, comer y defecar.
Hechos para observar.
Hechos para traer al mundo a alguien que diga que
NO.