Me caso con mi palabra cuando afirmo que tu cuerpo es mi transporte.
Suenas a noche cuando susurras, cuando los duendes llaman a tu ventana para ver la luna.
Tus manos son calles vacías y mojadas, antiguas y pequeñas que se antojan apetecibles a horas inhóspitas, cuando nadie más puede verlas en su pleno esplendor, cuando regalan encanto al último en llegar y en volcarse en ellas.
Suenas a noche cuando amaneces. Dame tu aire y llévame contigo, pero no me lo des todo.
¿A noches oscuras? No, a noches desiertas.
Maldita sea.
Es ponerse el sol y verte en mi reflejo.

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