Parece
como azufre en el oxígeno, eso que huele siempre a lo mismo y que
irrita siempre de la misma manera. Andaba yo purificando mi vida como si
fuera posible pulir con una lima un acantilado, y siempre quedaban
cuerpos extraños, polvo y mugre. De no ser por esta pérfida ola de
frenesí, de lidiar con ver que se impregna, habría apostado un corazón
humano a que, valga la bipolaridad de la confusión y el no
discernimiento de lo que queremos llamar realidad, nunca hay polvitos
rojos sobre mi almohada, pero yo los inhalo, los siento. Por eso sé que
siempre están ahí.
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