Había un frescor de hierba buena y piña mojada
en el fervor del aire que alteraba aquellas copas de un verde sobrio.
La localidad salada. Azul de no secarse.
Alentaban los largos paseos las cremosas páginas que paseaban también al final de cada uno de ellos, siempre varadas en una orilla diferente, caldeadas por el mismo río suave, suaves las temperaturas, y suave también la huída del sol, no era huída de tanta sutileza que se hundía en la cola del río, cuando el día lloraba, cuando cerraba los ojos. El viento en el oído a veces punzante era el único que defendía su area, el único que recordaba lo real del paraiso visual, un Whistler de azul y barcos con la luz muerta, miel al sol el espectáculo tardío de su muerte aún inacabada, muerte seca, tiempo solo, sólo tiempo en la orilla del río, tiempo en sus piedras, en sus formas. Un pájaro o dos en la lejanía de la línea de en frente, donde los pies son de escamas y el invierno una tormenta de una estación entera. El ensueño es inevitable bajo el agua, y entre muchas letras endulzadas por este fotograma de sentidos, digno de Milton, una subyace en la idea no tan descabellada de que el verano enamora a la hora de irse, cuando deja la arena más fría del año y el agua mas candente. -¡Que me voy!-parece que dice-¡Que me estoy yendo!- comenta el estío.
Se va el dorado tornando romero seco, romero de bosques que viven en lluvia de plata, sólo al paso de unos meses el sonido del vaivén del río cambia, y el olor de la tierra mojada de otras aguas que vienen de arriba calman un poco esa necesidad de los sentidos de percibir cierta belleza en el cambio radical de los vientos.
Alentaban los largos paseos las cremosas páginas que paseaban también al final de cada uno de ellos, siempre varadas en una orilla diferente, caldeadas por el mismo río suave, suaves las temperaturas, y suave también la huída del sol, no era huída de tanta sutileza que se hundía en la cola del río, cuando el día lloraba, cuando cerraba los ojos. El viento en el oído a veces punzante era el único que defendía su area, el único que recordaba lo real del paraiso visual, un Whistler de azul y barcos con la luz muerta, miel al sol el espectáculo tardío de su muerte aún inacabada, muerte seca, tiempo solo, sólo tiempo en la orilla del río, tiempo en sus piedras, en sus formas. Un pájaro o dos en la lejanía de la línea de en frente, donde los pies son de escamas y el invierno una tormenta de una estación entera. El ensueño es inevitable bajo el agua, y entre muchas letras endulzadas por este fotograma de sentidos, digno de Milton, una subyace en la idea no tan descabellada de que el verano enamora a la hora de irse, cuando deja la arena más fría del año y el agua mas candente. -¡Que me voy!-parece que dice-¡Que me estoy yendo!- comenta el estío.
Se va el dorado tornando romero seco, romero de bosques que viven en lluvia de plata, sólo al paso de unos meses el sonido del vaivén del río cambia, y el olor de la tierra mojada de otras aguas que vienen de arriba calman un poco esa necesidad de los sentidos de percibir cierta belleza en el cambio radical de los vientos.

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