Coágulo de superficialidad.
De eso sufro. Hay dentro de mí un
oleaje desbordado, violento, reprimido que se destapa, golpea con
infundada rabia mi geometría interna y cristaliza mis esquinas con su
sal. Un charco holgado, poroso y profundo, doliente.
Ansío la
bocanada de aire fresco, la busco exasperadamente, con mis dientes
hundidos en la cólera, desparasitando mis costillas de los jirones que
me quedan, adquiero olor a rincón y me vuelvo de manos cetrinas e
inconstantes que van de mi cabeza a mis costillas, de mis costillas a
mis pies, y a veces no vuelven nunca, parecen ya manos de cera y de
plegaria mortecina que no saben donde queda la utilidad de las cosas que
se tienen en una casa. La casa en la que hay cosas y rincones también
se inunda con mi oleaje, arrastra personas y memoria. Lo único que
conservo es el polvo de mi sedición más evocable que palpable, y los
huesos de los vástagos de Crono y Gea astillados en mi tráquea,
atravesados hacia afuera, como una gargantilla ensangrentada.
Ahora
me bebo el humo de mi candela y sopeso en el paladar las cenizas que me
van quedando de todo el imperio que una vez conquisté. Todo comenzó a
arder desde la cúspide, desde el clímax de mi ensordecedora pasión.
Por
fuera soy la joya de un feriante arruinado. Movimiento, sonido y luz
limitados, y luego correr, porque la gente divertida es como de oblea
para mi chatarra pesada, y la hago crujir hasta que huelo el dulzor.
Pero me voy porque no quiero más dulzor que el del hierro de mis
heridas.
Me escondo como una loba escondería a sus crías;
preocupada y celosa de mí, solo quiero una cercanía, un cuerpo más, unas
manos que cojan a las mías y las desempapelen, desempolven y alcen, me
doblen la vida ciento ochenta grados a lo lejos de la adversidad.
Quiero un poco de lo que no hay, porque yo tampoco lo tengo.
Busco
que me empujes con la fuerza de un sentimiento puro, unos brazos
invisibles y certeros que alcanzan de seguro más de lo que lo hacen tus
brazos férreos de la protección y la masculinidad que te definen. Más
sangre caliente y más vida, una fracción de descontrol, éxtasis de tí en
palabras o en esbozos que jamás serían en vano y guardaría tallados en
la roca de mis imperfecciones para revestirlas, acercarlas a tí y
transformarlas. Transformar mi roca en tu lecho de vegetación frondosa,
defenderme de tus cosas verdes y pardas que disparan, impasibles,
inamovibles, el disparo que me dejaría de por vida postrada, sólo capaz
de observar tu movimiento, atenazada por ese disparo que anuncia tu
incapacidad de abrirme la puerta y mi incapacidad de entrar y cerrarla
tras de mí.
Las olas se calman. La sal purifica. Cronos ya no
devora, sosiego, desmemoria y brisa verde hacen la espera más cálida en
mi tejado.
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