Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

lunes

La venganza de Octubre.

Hace hoy exactamente mucho tiempo que hablo casi sin voz. Llevo un tramo de camino de piedra en el que no veo que forma tienen las cosas que quiero contar. Se me está haciendo difícil y lánguido. Hace que me colme.
Es ahora, en este momento en el que no hay más que un lago en calma, en el que nada parece moverse, ni si quiera yo, en el que me doy cuenta de cómo se movía todo antes de.
El estatismo está violando mi pronto, me está agarrando las pestañas, las amarra al sol. Y me duele la luz. El estatismo me hace sentir cansada a cualquier hora del día. Las noches no son distntas a las mañanas salvo por la luz, mi voz es un hilo, a cualquier hora del día.
El miedo que me provoca es que haya un de repente.
Que gire.
El ruído.
El movimiento repentino tras la calma aparente.
Pero como no es tan sólo calma, como no es únicamente quietud, es como una espera que me astilla el pecho a veces porque el escalón donde reposo mi escéptico trasero se está volviendo pétreo y helado. Me expulsan de aquí. Me decido a irme yo, porque donde no se mueve el mundo yo pierdo el equilibrio, porque no se si voy a poder parar a su ritmo. Dar ese frenazo en seco que arrastra sudor frío a lo largo de la nuca. Qué controversia entre todas las mujeres de mi interior, pero qué curiosa la voz única con la que braman y comentan qué tipo de cosas son las que no puedo hacer.
La mierda es la mierda, a la velocidad a la que vayamos todos.
Y si se algo no es que no sepa nada, sino que sé poco. Porque sé, y yo sé que sé, y mis mujeres saben que sé, pero el todo es un cuadro de subjetividad que no cuelgan en todos los museos del mundo.
Qué pesadilla. Siempre buscando el ruído, siempre buscando un secreto, con el ombligo cada vez mas oscuro y más pequeño, mi humanidad está en crisis, y la lengua se me está hinchando, tanto que me la muerdo hasta cuando pienso, y es cuando empiezo a cambiar de opinión. Eso de que algo sé, se convierte en que creo que no sé nada y que si pudiese saber menos que nada, sabría menos. Ahí empieza a dar igual, ahí llega la apatía, el no discernimiento entre lo que me hace vivir y lo que me hastía. La verdadera invasión de la falta de movimiento.
Ahí está el inicio de mi pensamiento en tí, y en ella, y en él, y en ellos, y en las puertas que se abren, y en las que se cierran, en los saltos que uno da, ya sea hacia adelante o hacia atrás, y pienso en que en medio de toda esta quietud, puede que sí que me haya movido, que no lo haya notado, y que los años, los meses y las horas muertas me han sentado frente al mar, el viento ha soplado y a mi se me ocurren las cosas que podrían haber sido al revés.
Entonces pienso que efectivamente, todo ha sido siempre al revés. Nada está al derecho.
No hay motivo para que, pero aunque no siempre es así, lo busco, lo busco entre papeles y cosas que no sirven, el estado erecto de las cosas, la situación puntual.
Me aburro del estatismo, pero lo busco en todas partes.
Estoy en duelo conmigo misma.
Mis mujeres abuchean.
Hacen ruido de nueces al romperse.
Sus hielos contra mi cristal diluyen a base de tiempo toda la clarividencia que creí poseer por derecho.
Y mi esencia cambia cada vez que percibo un nuevo cambio de movimiento en este perpetuo mundo.
La desgracia es que no paro de buscar un nombre, una sentencia, inevitablemente pensando que la denotación de las cosas me hace más segura ante ellas, como si conociese el miedo a algo que nunca haya vivido, tan sólo por bautizarlo y poder escribir su nombre. Qué. Pues nada. Porque un nombre se queda en nada. Placebo.
Placebo de la seguridad.

Malditos sean los pronósticos, los enunciados y las definiciones.

Quiero volver a fluir, aunque nunca he dejado de hacerlo, siempre ansío en cierto modo un retroceso, porque la vuelta atrás simboliza un camino más seguro y reconstruído, incluso agradable, bello y exitoso. Atrás no más, atrás no más, las mujeres de nuevo se excitan consigo mismas, y yo comienzo ahora a plantear sobre mi mesa el esquema del no retroceso, del movimiento nuevo e inesperado, sin errores, improvisar una casa de plomo sobre una ciénaga, me vuelvo un poco escéptica en ocasiones, pero lo planifico, porque como del estatismo, me aburro también del retroceso.
Cáncer.
Me siento como un Buendía, marcada por algo que no está en mi mano pero que se transparenta en mis iniciales. Me siento como la Maga, no puedo encontrarme del todo. Me siento a esperar de nuevo, en medio de ese estatismo que me desquicia, porque antes que el retroceso, sopeso la espera, espero las ideas que me hagan desdoblar a mis mujeres, espero la diferencia entre las mañanas y las noches, mientras mi cabello crece y mis ojos se van cansando.
Sólo tengo que encontrar una silla bonita, y alguien con quien hablar de lo que no puedo hablar ni conmigo misma.


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