Se había incorporado para abrir la puerta. Dos horas más tarde el aire husmeaba dentro de la habitación. El humo en los ojos y la tinta del bolígrafo en los laterales de los dedos. Los nervios y apretar las manos. Se rumiaba por ahí que estaba en blanco, y era todo falacia y tácticas de destrucción. Tenía la boca llena, sólo que su voz estaba truncada. Miraba de reojo lo que no conocía (¿quería conocerlo antes de verlo por completo?) y trataba de enumerar características. Siempre contándolo todo y eso nunca se puede. No todo se toca.
Había llegado una carta; un papel, blanco, rugoso. "Carta para tí; habla y respira." decía en el encabezamiento. Lo demás estaba en blanco. Siempre ese color blanco arrastrando bajo la suela de su zapato, la nada luminosa. Las señales eran ya demasiado evidentes: tenía que escribir. Estaba escribiendo siempre, en su mente, en su cabeza. Escribe siempre. Nunca descansa. Pero nunca tiene nada. Todo está siempre a punto de morir. Nunca termina. Todo se disuelve siempre. En los dedos sólo la tinta y los ojos desdeñosos. Hacia la pared. El suelo. Salir a la calle.¿Por qué? ¿Para quién? ¿Qué es tener una finalidad? ¿Todo la tiene? Y entonces...¿la inercia?
El cartero ya se había ido, la carta en sus manos, el estatismo en sus piernas. No podía moverse hasta que no tuviera algo que decir.
Se dirigió al escritorio y escribió una cita, una cita que no dice y que grita, una cita que nunca cita nada. Pero habló. Descubrió que mucho está hecho sólo para sí, y que no necesitaba explicarse. Ya no más. No quería, nació así, y asi debía ser comprendida, y no más. No buscar que la comprendan, no buscar a nadie que lo haga. Hacerlo consigo misma. En silencio. Sacar la espina de la carne es lo único que puede hacer el ser humano consigo mismo en su soledad. Y escribió;
El asfalto de la ciudad del hombre siempre está muriendo de sed.
Y respiró.

