Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

sábado

Pismo. Pióro.

Se había incorporado para abrir la puerta. Dos horas más tarde el aire husmeaba dentro de la habitación. El humo en los ojos y la tinta del bolígrafo en los laterales de los dedos. Los nervios y apretar las manos. Se rumiaba por ahí que estaba en blanco, y era todo falacia y tácticas de destrucción. Tenía la boca llena, sólo que su voz estaba truncada. Miraba de reojo lo que no conocía (¿quería conocerlo antes de verlo por completo?) y trataba de enumerar características. Siempre contándolo todo y eso nunca se puede. No todo se toca.
Había llegado una carta; un papel, blanco, rugoso. "Carta para tí; habla y respira." decía en el encabezamiento. Lo demás estaba en blanco. Siempre ese color blanco arrastrando bajo la suela de su zapato, la nada luminosa. Las señales eran ya demasiado evidentes: tenía que escribir. Estaba escribiendo siempre, en su mente, en su cabeza. Escribe siempre. Nunca descansa. Pero nunca tiene nada. Todo está siempre a punto de morir. Nunca termina. Todo se disuelve siempre. En los dedos sólo la tinta y los ojos desdeñosos. Hacia la pared. El suelo. Salir a la calle.¿Por qué? ¿Para quién? ¿Qué es tener una finalidad? ¿Todo la tiene? Y entonces...¿la inercia?
El cartero ya se había ido, la carta en sus manos, el estatismo en sus piernas. No podía moverse hasta que no tuviera algo que decir.
Se dirigió al escritorio y escribió una cita, una cita que no dice y que grita, una cita que nunca cita nada. Pero habló. Descubrió que mucho está hecho sólo para sí, y que no necesitaba explicarse. Ya no más. No quería, nació así, y asi debía ser comprendida, y no más. No buscar que la comprendan, no buscar a nadie que lo haga. Hacerlo consigo misma. En silencio. Sacar la espina de la carne es lo único que puede hacer el ser humano consigo mismo en su soledad. Y escribió;

El asfalto de la ciudad del hombre siempre está muriendo de sed.

Y respiró. 

jueves

Una vela en la mañana.

Yo cojo el tiempo, lo vuelvo húmedo, lo respiro y lo hastío. La humedad de la que hablo, la que yo respiro, se amasa en mi nariz y me sube hasta los ojos, y el tiempo es entonces una isla sobre un aire [húmedo], isla sola, isla ahogada. Sola yo. Sola con el tiempo, con la isla. Sola ahora, sí, sola. Sola como respiro, como necesidad. El vértigo ahora es más que yo, hasta me mira a la cara. Yo desciendo con el paso más lento cada vez por el caracol metálico de mis insistencias, ya no exijo más. Ahora no encuentro atractivo alguno a esas alturas, donde mi control sobre todo está reducido a la ligereza de las plumas. Las plumas y el viento. Yo. Ella. La mujer. La niña. Yo entre la gente que se mueve. Sola para ser, para ser sin más, para la sencillez. Ahora buscar es un verbo para el egoísmo. Mi rostro se ha curvado muchas veces, me he mirado las manos todos los días, a todas horas, y todo se formaba solo, yo no hacía ni deshacía, y yo miraba. Mis manos. Las inútiles. Mis manos. Mirar es necesario, aunque se mire a donde no se debe, mirar para ver(me, te, le, nos...). Mirar para ver que no me muevo.
Mirar al sol para ver que al final es blanco. La desgana del ciego en la mirada. Y repentinamente, creo verme única y sin más con mi soledad, esa que es conmigo, cubriendo las paredes de su castillo de azul. Azul y azul. Sola no. Sola nunca, una quiere y nunca puede estar sola. Esta siempre con su cabeza y con sus actos, con sus no-actos, con las palabras que dice y con las que piensa, sobre todo con las que piensa. Con las palabras que oye y con las que imagina oír, sobre todo con las que imagina oír.
Pero hago lo que está en mi garganta, en mi cabeza, cabeza de pecera, peces de mala memoria...ahora no esbozo nada, con mis dedos, floto en un espacio sórdido y sin gravedad, el silencio en la incapacidad. Dónde estoy. Dónde está. Qué. Con mis pinceles de la esterilidad estoy borrando mi figura, los pinceles de la pintura de la luz del sol, del blanco, el blanco sobre el blanco no habla de nada, solo habla en la mente del que sólo ve colores. Donde están mis colores.
En mis ojos bicolores.
En mi esternón.
En un hueso duro, calado y enfermo.


miércoles

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Un cristal en el ojo.


Los edificios de la ciudad de piedra gris escenografían la segmentación vital de los sucesos que guardo en este abrigo asediado por un frío que no es terrenal, un frío que serpentea en las venas. Los edificios tienen su rostro, en las ventanas oscuras y en las iluminadas, los retazos de una expresión que despierta en la noche a las brujas de la desidia. Inercia facial. Yo no me resisto al paso ligero, dentro de mí hay aire y humo, y como una bolsa sucia floto, y me cubre la dermis sintética, encallecida, mi piel de dos caras, la del calor que la funde con mi entorno, y la del frio que la agrieta adheriéndola a mis costillas. Las venas gusano devoran mi vitalidad, la luz de los ojos brilla, fielmente al modo en que "la belleza está en los ojos del que mira". Alguien como yo que conoce la sal habló y calló al mundo hipócrita. La belleza. ¿La belleza?. Yo veo, sin más, belleza en la destrucción. Donde la belleza se ha destruído, la destrucción es resurrección a la belleza, y se crea, y se cree, y se reduce y se magnifica. Y nuevo es todo a los ojos de aquél de vista cansada. Y bello es lo misterioso, y lo desconocido, y en el estómago todo se reúne y mueve al cuerpo. Y la belleza es sola sin vestimenta belleza atribuída, belleza asignada, belleza dormida y pasiva. La ciudad de piedra gris reflejada en los cristales del movimiento urbano. La veo deformarse, en los espejos, en la realidad desprotegida de la verdad de que no es nada, nunca, real, en el seno de un mundo que simula, simula, ciudad teatro. Ciudad solapada del que la mira con los ojos de la mente. Yo no se de historias tristes ya, yo no asigno, no se de la felicidad, no se de lo que imponen que debe calificarse de un modo u otro. No me interesa saber. No saber, si está condicionado uno a saber lo que le permiten. Quiero derribar la ciudad de piedra gris, quiero quemarla, con toda la artillería de la ficción que lleva dentro. Ver morir a la muerte. Ver morir, un día tras otro, a esta ciudad muerta, lánguida, abstemia de la verdad. ¿La verdad?.
La verdad es la recurrente mentira piadosa. Mi verdad es la mía. Y yo lo se, yo, la que no quiere saber, sabe, y se retuerce, sobre un montículo de arena seca desprendiéndose de sí, moviéndose sobre sí misma, la que no quiere saber, sabe, y explota la roca, llueve el fuego, mi piel se prende, y ardo, ardo para siempre en este deseo de ver volar a mis pájaros lejos de esta jaula de piedra gris demarcada por papeles firmados y descuidos sociales. La corrección, la soga del que sabe, que la corrección, como esta ciudad de piedra gris, como sus ventanas, como su rostro, la belleza, la destrucción, la muerte y su vida, y también su muerte, como todo, que todo es, a grandes rasgos nada, no existe.
Nada nunca nada, solo gatos en los tejados, y el tiempo húmedo en las fosas nasales.