Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

domingo

Galimatías

Abrí los ojos tan lentamente que durante un par de segundos creí que había dormido toda la noche bajo el agua. Un carácter líquido y azulesco escocía a mis pupilas hasta que la nitidez se desperezó y me vi sumida en la mañana. No hacía frío pero sí una humedad que se adhería a los huesos y adolecía en las articulaciones, así que no me di demasiada prisa en salir de las sábanas. Recorría con la mirada todas las suntuosas formas y sombras que se sucedían en la habitación, la luz entraba a duras penas, la persiana semibajada y la cortina azul transparente daban un aire un tanto melancólico a la leve claridad matinal, haciéndola casi gélida. A la caída de la tarde, a pesar del azul de mi cortina y el blanco de mis paredes, la luz que alumbraría sería de tonos ocres. En otoño es lo que pasa con las luces del día, son como brillos trascendentales que se funden unos con otros en un flujo ininterrumpido hasta que la noche se cierra casi sin darse una cuenta y es el único momento en el que el tiempo (en otoño) parece no tratar de confundirnos. Me detuve en la macetilla de grandes hojas verdes sobre una silla de madera antigua que presidía mi habitáculo desde la esquina que, después de mis cálculos, era la más soleada entre las doce del medio día y las tres de la tarde (en otoño, claro). Recordé y conté con los dedos los días que llevaba sin dejarla en el alféizar de la ventana, donde mi madre acostumbraba a poner a intervalos todas sus macetas porque en realidad les hacía bien el aire fresco y la luz del día. Pero yo olvidaba las cosas con la facilidad de quien no termina de atarse a las responsabilidades. Pensaba en una cosa distinta cada día de la semana, y en mi vida parecía no haber una unión entre el momento en que uno decide llevar a cabo unos actos y la continuación de estos hasta finalizarlos. Yo olvidaba, y lo hacía desde que tengo uso de conciencia, por eso no me inquietaban las barbaridades que llegaban a ocurrirme cuando efectivamente olvidaba algo de algún modo más importante de lo normal, y las consecuencias de mi amnesia se me llovían encima durante días como una nube negra que sólo existiera sobre mi cabeza, esa que aparece en algunos dibujos para niños. Yo olvidaba mientras otros podían recordar. Me levanté no sin esfuerzo y me rodeé el torso con una mantita -aquella maldita humedad se sentía como un cuchillo raspando en los huesos- subí la persiana, retiré la cortina, corrí la ventana y me asomé. Desde la ventana de mi habitación se veía el puerto y siempre olía a rocas saladas, las gaviotas hacían sonidos que se mezclaban con los clamores de los mercaderes y los faeneros del mar. El susurro del agua parecía una caricia, pero penetraba siempre, a todas horas del día, sin importar la luz, con la misma intensidad y con el mismo tacto. Creo que realmente alquilé la habitación porque de todas las habitaciones que había visitado en aquel sólo y único día que dediqué a la búsqueda de alojamiento, aquella tenía la acústica perfecta para el sonido del mar, y la orientación de la luz la tornaba azulada por las mañanas, y no odiosamente amarilla, como ocurría con las otras. Me la quedé, sí; no pagaba mucho, pero la pintura de las paredes se separaba de ellas en enormes pedazos irregulares que dejaban el aspecto de mapas mudos sobre los muros. Colgaba fotos, recortes, trozos de tela, para intentar adecentar aquella cara carcomida de mi habitación, pero tarde o temprano también se desprendían adheridas al trozo exiliado de pintura blanca que luego yo tenía que recoger. Se desprendían en masa y a gran escala, pero al sólo roce de mis manos parecían una bomba de relojería estallando en mil pedacitos hacia múltiples direcciones, y entonces me pasaba semanas recogiendo los lunares de pintura esparcidos por todo el suelo. Pensando en esto y casi como un autómata, saqué la macetilla a la ventana y bañé las hojas con un poco de agua que tenía en un pulverizador (creo que algo estancada, porque olvidé cambiarla), me retiré hacia adentro y comencé a prepararme para salir. La ropa olía a humedad, aquella habitación me envolvía de vejez, pero me gustaba su localización y el sonido del mar. Eso era todo, y si había algo más lo olvidaría, de eso estaba segura.
Mi nombre es Olvido, mi madre todavía se ríe, cree que debe haber sido una especie de justicia poética, y asegura no conocer a nadie tan definido por su nombre como yo. A mí también me hacía gracia el asunto, pero a veces pienso que si me llamara Patricia, Alejandra u Olga recordaría lo que comí el día anterior. Todos se ríen porque es digno de gracias, es como un castigo divino, si; llamarse Olvido y no recordar nada. Mis apellidos no importan. Mi edad, cuando vivía en aquella habitación que se consumía, era la de veintiún años, cinco meses y dieciséis días. La mañana en la que abrí los ojos y en la que comencé esta pequeña memoria era la del martes 18 de noviembre de 1977. Se preguntará aquél que me lea cómo es posible que recuerde esta memoria si me llamo Olvido y lo olvido todo. Debo reconocer que en esta memoria no ocurrió absolutamente nada. Nada particular, nada remarcable, nada destacable. Nada. ¿Por qué la recuerdo? La relato para responderme a esa pregunta, pero si hay algo que me han enseñado los años, es que la memoria es caprichosa, y la mía es especialmente desquiciante. Tal vez la recuerde por la maceta, por el mar, o por nada. La nada resulta ser siempre el vacío más incómodo y el más presente en el pensamiento, no es elocuente subestimarla.
Salté a la calle.
Desayunaba normalmente en un bar pequeñito y ruidoso en el que solían desayunar o anestesiarse los trabajadores del mar. Me gustaban esos ambientes, hombres y mujeres "ancianándose" poco a poco a golpes de viento, agua y sal, alguna mujer que elaboraba redes de pescar sujetaba un café con sus manos de orfebre, mercaderes, marineros...una paleta variopinta de caractéres. Todos tenían las manos llenas del paso del tiempo, todos fumaban o bebían anís y aguardiente a las siete de la mañana, hablaban con voces rudas y tenían los ojos tiernos, entrecerrados y lacrimosos. Eran los mismos cada mañana, pero yo cada mañana los volvía a ver por primera vez. Sí. Olvidaba sus caras, sus identidades, sus vidas, pero acostumbrada a esta amnesia caprichosa, aprendí a deducir de los comportamientos ajenos si, en efecto, era o no era la primera vez que me veían ellos a mí. Me saludaban con la familiaridad de la gente sencilla y de presencia reiterativa. Me conocían. Sonreía, les daba los buenos días, intercambiaba prudentemente algunas palabras con ellos, me tomaba mi café negro a solas en la mesa blanca de la ventana, fumaba un par de cigarrillos, pedía agua, pagaba la cuenta y desaparecía antes de que una conversación colateral desvelara el papel en blanco de mi cabeza.
Me dirigí después de este paréntesis de rutina hacia la playa. Anduve varias horas, sin rumbo fijo y deteniéndome a recoger cada cosa que me encontraba. Andaba descalza en pleno noviembre y, aunque la humedad era áspera, sopesé sumergirme desnuda en el mar; ya casi que me veía haciendo flotar mi cuerpo y, quién sabe, quizá hasta me habría dejado arrastrar mar adentro hasta que me atrapasen las redes de pescar o algún barco pesquero confundiéndome con una cría de ballena, o con una sirena aquél marinero que ya notase en el cuerpo los efectos del alcohol a tempranas horas de la mañana. Lo que quería hacer era intentar recordar algo, dicen que al borde de la muerte uno ve su vida pasar ante sus ojos como una sucesión de imágenes o la reproducción de una película antígua en un cinematógrafo. Yo estaba reclamando mi derecho al recuerdo, pero no sabía cómo hacerlo. Pensé en cambiarme el nombre, pero no era una cuestión apelativa, ni siquiera neurológica o nerviosa. Sentía como si mi cerebro estuviese dentro de una bolsa de papel oscuro. Esa era la constante sensación. Si quería mirar atrás en mi vida, todo lo que veía se ennegrecía y nada aparecía. Me estaba vedada la rememoración.
Al final, me desnudé y me sumergí en el agua. Andaba lentamente, observando cabizbaja como el agua iba escalando por mis muslos hasta que llegó a las caderas. Soy Virginia Woolf, pero sin piedras en los bolsillos, pensaba mientras seguía avanzando. Qué va. Nada tan lejano. Yo era absolutamente equivalente al peso de una pluma; estaba vacía, vacía de memoria. Ni una tonelada de cemento seco me sepultaría bajo el mar. En cualquier otra mente, eso hubiera sido un buen motivo para querer...Pero no. Además de ser una hoja en blanco, también era una cobarde en potencia. Estaba tan habituada a ello que, a no ser que parara unos minutos a pensar y a compararme concienzudamente con el resto del mundo, lo llegaba a ver incluso normal. A veces, cuando algo me dolía, o me fastidiaba, o me hacía llorar, me consolaba pensar que pronto olvidaría tanto la acción como su consecuencia. Eso estaba bien, sí, realmente bien. Pero nunca conseguí aprender casi nada en todos estos insípidos veintiún años; era frustrante, porque, por lo que he observado, no existe nadie que llore sólo una vez en su vida, y cuando yo lo hacía, no recordaba haberlo hecho nunca antes, pero sentía dolores, pinchazos extraños en el corazón. "Mensajes", me dijo poco más tarde una anciana borracha que encontré sentada en una roca al lado de la casetilla del socorrista y a la que le conté, con afán de compartir su botella, toda esta historia que ahora estoy narrando. "Mensajes de tu memoria atrapada, déjala salir". Aquella condenada mujer estaba más borracha de lo que sus capacidades podían soportar, pero a mí me dió la sensación de que era como una especie de médico o curandero que me había dado el primer y más estravagante diagnóstico de mi problema. Me hizo abrir los ojillos como platos y echar mi espalda hacia atrás para apoyarme sobre una roca para pensar qué diablos parecía yo ante esta mujer para que pudiera decirme semejante normalidad.
Me decidí y metí la cabeza y todo mi cuerpo bajo el agua. En suspensión, al abrir los ojos, veía las pequeñas motas de arenilla y las ramitas de algas que parecían a una distancia considerable el humo de un cigarro, pero verde, claro.
Salí del agua tal y como entré, ojos hacia abajo, observando como mis muslos emergían del agua sólidamente. Pensé en cómo se sienten los recién nacidos cuando son expulsados al mundo totalmente empapados y resbaladizos como yo estaba en aquél momento. No lo recordamos (y yo mucho menos), pero imagino que debe ser una sensación como ésta, de salir del agua y sentir en la piel el aire, el agua, el líquido secándose, además de varias manos toqueteándote y golpeándote en el trasero para hacerte llorar, cosa que yo, gracias a dios, no estaba sufriendo en ese momento al salir del agua. Pero sí. Algo así, tal vez. Pero sin poder andar, ni pensar, ni hablar. La cara roja como una fresa y los ojos opacos.
Me alegro de no recordarlo.
Caminé un poco por la playa, con toda mi ropa en los brazos y mis zapatos colgando de dos dedos, para ver si me secaba un poco, lo cual resultaba absurdo porque la humedad era insoportable, pero no había llevado toalla porque no planeaba bañarme.
Fue entonces cuando encontré a la anciana sobre la roca y bajo el alcohol. A medida que avanzo en esta memoria, voy encontrando el motivo, cada vez menos difuso, por el que recuerdo esta sucesión de hechos aparentemente poco fuera de lo común, pero de lo más extraños en su conjunto.
Para esto, dedicaré una segunda parte, respiraré hondo, y cerraré los ojos.



Aquí está el otro extremo del cordón; la mujer gastada de vida. Me senté nada más verla lo más cerca de ella posible, sus pliegues eran como los de una lechuga, frescos. Olía agradablemente bien, y hablaba con tanta paciencia que creía que podría igualarla en edad si permanecía allí hasta que se hiciese de noche. Ella estaba bebiendo mucho, y yo fumaba mucho; no teníamos nada mejor que hacer con nuestras manos. Esa mujer se parecía a mí. Su cabeza era, sin que nadie lo supiese, exactamente igual que el movimiento de los ojos cuando dormimos y soñamos. Se lo conté todo. Le conté de mi desmemoria y de mi hastío, también de mi alegría, y de mi falta de aprendizaje. Me dijo que a ella la acechaba desde siempre una patología un tanto similar, pero invertida. Decía que su cabeza no dormía nunca porque nunca podía dejar de recordar. Noventa y siete años de memoria exhaustiva, creo que incluso me atraganté. Hablamos largo rato sobre nada, sobre ella, sobre mí y sobre todo. Nada especialmente relevante. Sólo esa sentencia; déjala salir, déjala salir, déjala salir, déjala salir... Su eco se instaló en mis sienes y la botella se vaciaba con presteza, cuando quise darme cuenta, se había marchado, sí. Una presencia fugaz. ¿Qué tiene esto de importante, de impactante, de sentencioso? Nada.
Esto es lo que sucede con la memoria.
Pueden rehacer el puzzle.

*

 


2 comentarios:

  1. Ligero, intenso y muy inspirador.
    Qué musa más bonita la tuya, Kobieta.
    Ojalá nunca la borre el tiempo, ni la marchite el Olvido..

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