Un hada extenuada
salta sobre los espejos
de agua
de esta clara y tiránica
ciudad.
Sus pies indulgentes
enfundados en unas
botas brillantemente
rojas,
como los labios
de cualquier mujer adulta
y pasional.
Ha cazado hojas
al vuelo y las destruye
con la falta
de piedad de la ignorancia
entre sus manitas
nubosas.
Ella es todo un chubasco,
unos ojos vivos
y una boca atenta.
Reza al aire
por la libertad de
sus naturales creencias.
Correr viento en la cara,
desprovista del peso
de la madurez convencional
que hace las veces
de lana mojada.
Su carita es una
puerta
de salida de la
arrogancia
y la crueldad
de su destino irreversible.
Al nacer para ensuciarse,
y de sentir
cuando ya está lista para
la vida,
que su esencia se torna
mugre,
y se adhiere a los pedazos
de las hojas que un día calcinó
entre unas manos-nube
ante los ojos de nadie,
porque aquellos
ya estaban listos y preparados,
y perdidos como un grano
de sal
diluido en las aguas
de algún océano con nombre.
*

Apuesto que tú sabes el nombre de tu océano, y que en tus manos y en tu mirada llevas aún la candidez y la ingenuidad, no hay más que leerte, descubres las cosas y las haces grandes drásticas y hermosas, no pierdas el norte nunca y deja la blancura en tus manos siempre, así se hacen más ligeras, aún te queda mucho por escribir y muchos colores aparte del blanco y el gris nube, y no tengas prisa, deja la cámara lenta, esa que no te gusta y que es a veces tan necesaria. un saludo chica cheveret.
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