El miedo es una garra emponzoñada y amarga de un monstruo
ciego e inseguro que te rodea el cuello con una fuerza arrolladora y acompañada
de una presión incalculable. El miedo de cerca parece de colores raros, el
miedo atrae, una vez que aflora, cuando se le da la oportunidad de invadir un
pecho, como atrae la miel a las moscas, inutilizando el sentido común, cegando
los ojos, como si de esa emponzoñada garra emergiese una suave mano de diosa
griega que de un amago de caricia volteara tus ojos hacia dentro (mucho más
peligroso que arrancarlos de cuajo) para mirar al miedo a los ojos, y perder el
norte.
Te lleva a la pérdida de identidad.
Un día se mueven las fichas del tablero y llega ese monstruo
ciego, al que debo aprender a invitar a café con palabras y largar cuando
comience a hastiarme, debo decirle que hay en mí pálpitos inalterables, que no
los toque, que son hermosos, y que son la única cuerda tirada al pozo de mi
fuero interno, a la que me agarro para huir al mundo más verde y azul en el que
jamás mis labios habían pronunciado palabra. Nunca encontré palabras exactas
para describir hacia donde me llevaba esa cuerda de mito griego que un día una
sonriente luz lanzó a mi oscuridad. El monstruo ciego tiene envidia y envenena,
y yo soy una débil masa de miga cubierta por una corteza dura de quemazón, que
con el roce del dedo se hace polvo, y desvela esa blancura que tienen las cosas
que fácilmente se corrompen por el miedo, que saben mucho, porque saben mucho,
pero que tienen vértigo. El monstruo casi corta mi cuerda, mi preciosa cuerda
ribeteada en la que hay grabados mensajes del corazón, que me lleva a ese mundo
donde se salvan mi vida y mi salud. La rasgué con mis uñas, pensando que mi
mundo era efímero y pasajero, que se escapaba de mis manos, con mis ojos hacia
dentro, color ébano, pensando errónea y temerosamente (siempre, el miedo, la
ponzoña, hundiendo el puñal en lo que más ama un corazón) que se caía como se
caía mi quemazón negro manchando mi miga blanca, y antes que ver aquello
despedazarse yo habría saltado al vacío, huido, habría cruzado el charco, el
mar y el río, para alejarme de una visión que se llevaría al centro candente de
la tierra mi entereza y el poco peso que me mantiene a ras del suelo. Siempre
estoy a punto de salir flotando hacia la atmósfera, como un globo que se escapa
de la mano de un niño que encuentra una nueva distracción, o que simplemente
crece rápido, y mi levedad, mi frágil levedad, explotaría, se convertiría en
confeti, en papel de seda, pequeño y al viento, si fuese testigo de esa imagen,
si mi cuerda, mi niño, mi dulce niño ribeteado creciese o encontrase otra
identidad que abrigar con su mano, y yo me alejase, me perdiese, lejos de los
dedos de mi mundo de sonidos de río, de colibríes, de colores, de ribetes de
oro, de naranjas amargas, verdes de violines y marcas de ámbar.
Mi niño de ribetes y pedrería ambarina en los ojos, mi
cuerda con mensajes del corazón, me aferra inconsciente, no conoce al monstruo
ciego, no conoce la ponzoña. Yo quemaba el mundo, cortaba su cuerda, me hundía
en el pozo, y nadie me estaba dejando sola, crecer y avanzar hacia el cielo,
hacia el frío y el blanco, y yo seguía cortando mi vida, mi esqueleto de flores
que siempre sonreía se estaba secando. El mundo fue de repente un desierto en
medio de esa atmósfera encima de mi cabeza a la que tanto temo escaparme.
Entonces mis pies empezaron a despegarse, yo me estaba marchando, nadie me
había soltado, pero yo me estaba marchando. Y me asusté de mí misma.
Me asusté de mí. De mis dedos, de mis ojos, de mis manos.
Mi niño de ribetes me gritó, y yo lo encuadré en mis ojos,
él era el centro de mi visión, de mis sueños, y yo lo estaba soltando a él.
Mordí sus dedos dejando ese rastro venenoso en su piel de cielo, lo dañé, lo
quemé, lo estaba emponzoñando. Él era exacta y calculadamente la mitad de mí, y
yo me estaba autodestruyendo.
Volví al suelo, volví con miedo, miedo racional, no ponzoña,
miedo del que se tiene cuando se abre los ojos y no se recuerda como se ha
llegado a un lugar determinado, miedo de no saber de los actos de uno, de la
inconsciencia y el paradero desconocido. Pero mi niño de ribetes tiene brazos
en los ojos, y cuando me miró, mis ojos le respondieron. Ya la diosa griega que
volteó mis ojos perdió su máscara y se disolvió en el aire, el monstruo ciego
rabiaba con su sangre negra goteando por los colmillos, y yo languidecía en los
ojos de mi niño ribeteado, temblando de éxtasis. Un árbol inusualmente inmenso
rompió la tierra seca brotando decididamente hacia el cielo, abriendo su copa,
abarcándome a mí y a mi niño de oro, la hierba comenzó a alzarse, era aquella
una auténtica visión del génesis, llena de vida, animales, flores silvestres
que jamás había visto, y mi pozo estaba allí, con la cuerda echada y respirando
al lado de mi niño de oro, que se había escapado de mi lado para situarse en
medio de aquella materialización de la belleza, consciente de que lo seguiría
con los ojos, para que yo también fuera bella, para que me inundase de su
majestuosidad. Caminé lentamente hacia él, sonaban flautas. No sé si eran
flautas, pero sonaba algún tipo de melodía en el aire, de esas que te separan
la mente del corazón y el corazón del cuerpo, localizando dónde quedaba cada
una de esas entidades de mi ser. Prometí a mi niño esmeralda que cuidaría el
jardín, mi niño esmeralda era una sonrisa cosida en un rostro de arena cálida y
brillante flanqueada por dos ventanas de auténtica luz estelar justo encima de
una pequeña y empinada colina de piel de melocotón.
No podría, ahora lejos del miedo, volver a romper ese ciclo,
quebrar a mi niño de nubes, mi niño de mi mundo, y a su jardín extraterrenal al
que estaba invitada a subir desde mi pozo de oscuridad y permanecer allí, en un
eterno sueño, siempre que el parasitario miedo emponzoñado, el desastroso
monstruo de la ceguera, no subiese conmigo anclado a mi espalda llevándose mi
verdadera identidad, robándome mi sangre.
No sabría amar más. Si lo hiciera creo que mi corazón se
pararía, por pura insuficiencia, porque un pecho humano que albergue tanto
detonaría llevándose al planeta consigo en un rayo de luz y energía que cegaría
al resto de los planetas, a las constelaciones, y uniría al mismísimo sol en
esa explosión, sintiendo éste una admiración incomparable por ese brillo puro
que tiene el amor de un humano cuando no está corrompido por la enfermedad
ponzoñosa de su propia raza.