Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

martes

Verbum

Se empieza, siempre, con una palabra extraviada. Digamos Hola, y se apartará la hiedra, el "ábrete sésamo" de la reciprocidad, como el índice de un libro, desde la primera grafía. Se dibuja un bodegón de intercambios, sobre la escudilla de barro la fruta no mordida, luz naranja y un equilibrio estático.
Mi palabra extraviada está perdida, pues siempre camina la primera, siempre parcialmente sola. Sale para ser evocadora, imán de iguales. La palabra extraviada que nace en el flujo de conciencia, sí, así es, y el flujo de conciencia es como el tiempo, como la línea recta del tiempo, aunque la rectitud de la mente y el pensamiento deban comprenderse como una epanástrofe, ya que hay cronotopos a los que la mente nos hace regresar pero de los cuales el tiempo nos aleja.
La mente siempre está mirando hacia atrás, hacia delante y a su espejo, y es cuando sucede, que una mirada la lleva a otra y un paso al otro, y la relación entre dos esquinas de una misma calle se hace inevitable. Es como ocurre con las palabras, esto del deambular de la mente (excepto con las extraviadas, claro, que son la primera esquina angular de algún barrio perdido de la primera ciudad del mundo), como ocurre con las palabras, sí, incluso las encadenadas.
¿Quién no ha jugado alguna vez a las palabras encadenadas? Alegórica ironía en un juego infantil que mimetiza indiscriminadamente ese instrumento tan nuestro, tan humano, sonoro y sordo, entramado del concienzudo y bípedo defecto. Amada comunicación, cómo dependes de la cordura...o no.
Siendo entonces, este juego infantil, este instrumento tan nuestro, una sucesión, una palabra es parte de la que procede, de la que antecede, y de sí misma, para volver y demorarse en aquella que la siga.
Son causa y efecto.
Ahora me apetece pensar en la palabra más adecuada para cada momento en el espacio y el tiempo dentro del ciclo vital de un humano que ama y odia y que cree ser social y depender de un contexto...la mejor de las palabras extraviadas que dará la voz de salida, que teñirá a aquella que la sujete, y que irá a su vez tinta de la luz propia del flujo de conciencia, de sí misma, de la particular mente que la brinde.

Quiero pensar entonces, que todos somos una palabra.


Mi vida es mía y mi ciudad, también.

Mi pájaro de alas de alambre emprende el vuelo y me araña el alma.
No se ha limado los cantos, no alimenta a sus crias.
Me agarra firmemente y me mantiene fija sobre la ciudad, que parece un gofre relleno de chocolate y devorado por las hormigas. Me va a soltar ahí, en la nutrición de los insectos, y yo me aferro a sus plumas de cenizas en el aire. Le digo que si me suelta, que me deje caer dignamente, pero que se lleve mis ojos, tengo la teoría de que los ojos ven cuando están arrancados, pero ven como la lluvia que cae del cielo, que cae por un motivo que no es dar la vida al campo, y cada primavera tras el invierno crece la vida de verde y miscelánea, y ver siempre el cielo, darle forma al aire, era mejor que ver crecer el suelo. ¿Está mi pájaro enfadado conmigo? ¿Tal vez con ese rebosante pastelito de hormigas? Parecía tan grande antes de la invasión, parecía tan lleno de riquezas, limpio e impío, hasta brillante, y luego la naturaleza.
Me hundo en él.
¿Están esas hormigas compartiendo o arrebatando?
Qué difícil saberlo desde el aire. Yo no necesito ese hojaldre de compasión o ese río cremoso de egoísmo. Tengo a mi pájaro, que me da la vida porque me agarra con sus garras y no porque me lleve sobre el lomo.
Todo está agotándose, en un reloj de arena, se arremolinan los sonidos entre los cristales, ruídos, luces que no encendemos, humo, mucho humo entre las calles y entre las personas. Estructuras materializadas desafiantes, cárceles decoradas y números que hacen que el tiempo pueda meterse dentro de una chapa de botella que colocamos alrededor de nuestras muñecas, el tiempo no son números, agujas ni circunferencias, porque el tiempo no es cíclico, el tiempo te abandona, pero el aire...
¿Qué aire?
Yo vivo de impulsos.
Mi pájaro está enfadado conmigo.
Dice que cómo tengo la poca vergüenza de comparar a este descastado mundo con un dulce de chocolate, y a la imperturbable humanidad destructiva con una colonia de hormigas obreras.
Pájaro, pajarito mío, titán de plumas, dios de tragedia griega, plaga de la verdad...
cómetelos a todos.

Reloj de arena.

Ya no sé, si quiera, decir cuánto tiempo ocupas en mí. Ya no sé, no sé.
Sé que es tanto que me duele, que si me falta me muero en la agonía, pero no sé, no sé,
no sé cuánto tiempo estará este tiempo siendo mi tiempo, mi tiempo y tu tiempo, y yo quiero que deje de ser tiempo, porque el tiempo siempre se acaba, y tu no tienes nunca fin. Tu nunca tienes fin, aunque pretendieses acabarte, en mí, aunque gire mañana la tierra en la dirección de la que se aleja inutilmente, tu no tienes fin en mí, no tienes, no.
No tengas fin, yo no quiero tener fin, en tí, no quiero, no quiero tener fin.
Hasta con las caderas,  hasta con los pies,
en tu música siempre,
no quiero tener fin en tus canciones,
en tus dibujos, en tus manos,
el sonido de tu motor que nunca cesa
quiero ser yo,
no tener fin,
dentro de tí
eternos,
eterna
aquí,
tu,
yo,
y.
.

lunes

Canción.

Una vez hemos extendido el brazo y cerrado la caja de música, aflora esa inexplicable ansiedad por oír la última canción, la nota final, un verso. No se sabe de dónde nos viene, lo cultivamos desde hace millones y millones de años, eso de querer cuando es tarde lo que ya hemos deshechado en el vacío, como es con la canción prendada en el aire y sellada en una caja que no sonará más, y escocernos en el recuerdo una leve melodía de la memoria. Desde la infancia más instintiva, hasta la madurez razonable, presos de la humanidad del egoísmo hasta que lo hayamos -a rasgos generales e, inclusive aplicables a la soledad del individuo así como a sus consecuencias, todo en una equivalencia- por fin destruído todo.
Y después permanecemos haciendo montoncitos de arena con las manos, dibujando irónicamente ante nuestros ojos, nosotros que somos hijos del tiempo, la imagen de la eterna caída, el cíclo descendente que cumplimos en todos los aspectos de nuestra vida cuando llegamos al final de alguna etapa, casi tan lejos de aquellas ciudades construídas en cada momento, que todo lo que nos parecía próximo e inabarcable con la pupila del ojo cabe hoy en nuestro campo de visión como caben al final los recuerdos de toda una vida en una caja de latón, o en una fotografía, o en el pálpito al oír una canción que marcó en algún lugar la esencia de algo ya perdido.
Qué pequeñas son las manos de las personas, que parecemos a veces insectos tirando horas de vida al suelo, y volando de acá para allá, de flor en flor, abandonando una para posar en la otra y después volviendo a querer sentir en nuestros pies el tacto de las flores de antaño...

martes

All they can bury

La gente es irracional.
No he sido exacta.
La gente es irracionalmente comprensible, medible, clasificable, de racionalidad entendida. A veces parece un libro abierto, de tan desnuda que queda a los ojos de los demás. Todos quedamos desnudos. La desnudez cuando es pretendida es algo digno de orgullo, gustoso de mostrar en cuanto a las virtudes personales, particularidades, como si la personalidad fuese de piel, y exhibiera sus lunares y manchas de melanina distintivas, leves marcas casi sensuales, exhibición resaltada por el ego y el reflejo en el teatro mundano del espejo. Después quedan al desnudo los pequeños desperfectos que se pretenden esconder. Entonces la desnudez asusta y ridiculiza, uno se siente, tan de repente como sucede el cruce de una acera a la otra de en frente, admirable y ridículo. La gente es analizable. Despiadadamente analizable. Se construye por fuera. Pertenece. Quiere pertenecer. Busca pertenecer, y se proporciona esa idea-placebo, esa imagen de muebles en el río arrastrados por la corriente y ella (la gente), fieramente aferrada a la rama de un árbol caído, astillado, y allí le puede llover cuchillos sobre la espalda, que por no ver, que por no escuchar, que por el miedo a pensar que se deja llevar, sigue dejándose llevar. Por la sutileza de "depender de la dependencia a la independencia".
La gente es asquerosamente cíclica.
Intimidantemente Agrupable.

viernes

Doña Ponzoña y el oro del corazón de ribetes.


El miedo es una garra emponzoñada y amarga de un monstruo ciego e inseguro que te rodea el cuello con una fuerza arrolladora y acompañada de una presión incalculable. El miedo de cerca parece de colores raros, el miedo atrae, una vez que aflora, cuando se le da la oportunidad de invadir un pecho, como atrae la miel a las moscas, inutilizando el sentido común, cegando los ojos, como si de esa emponzoñada garra emergiese una suave mano de diosa griega que de un amago de caricia volteara tus ojos hacia dentro (mucho más peligroso que arrancarlos de cuajo) para mirar al miedo a los ojos, y perder el norte.

Te lleva a la pérdida de identidad.

Un día se mueven las fichas del tablero y llega ese monstruo ciego, al que debo aprender a invitar a café con palabras y largar cuando comience a hastiarme, debo decirle que hay en mí pálpitos inalterables, que no los toque, que son hermosos, y que son la única cuerda tirada al pozo de mi fuero interno, a la que me agarro para huir al mundo más verde y azul en el que jamás mis labios habían pronunciado palabra. Nunca encontré palabras exactas para describir hacia donde me llevaba esa cuerda de mito griego que un día una sonriente luz lanzó a mi oscuridad. El monstruo ciego tiene envidia y envenena, y yo soy una débil masa de miga cubierta por una corteza dura de quemazón, que con el roce del dedo se hace polvo, y desvela esa blancura que tienen las cosas que fácilmente se corrompen por el miedo, que saben mucho, porque saben mucho, pero que tienen vértigo. El monstruo casi corta mi cuerda, mi preciosa cuerda ribeteada en la que hay grabados mensajes del corazón, que me lleva a ese mundo donde se salvan mi vida y mi salud. La rasgué con mis uñas, pensando que mi mundo era efímero y pasajero, que se escapaba de mis manos, con mis ojos hacia dentro, color ébano, pensando errónea y temerosamente (siempre, el miedo, la ponzoña, hundiendo el puñal en lo que más ama un corazón) que se caía como se caía mi quemazón negro manchando mi miga blanca, y antes que ver aquello despedazarse yo habría saltado al vacío, huido, habría cruzado el charco, el mar y el río, para alejarme de una visión que se llevaría al centro candente de la tierra mi entereza y el poco peso que me mantiene a ras del suelo. Siempre estoy a punto de salir flotando hacia la atmósfera, como un globo que se escapa de la mano de un niño que encuentra una nueva distracción, o que simplemente crece rápido, y mi levedad, mi frágil levedad, explotaría, se convertiría en confeti, en papel de seda, pequeño y al viento, si fuese testigo de esa imagen, si mi cuerda, mi niño, mi dulce niño ribeteado creciese o encontrase otra identidad que abrigar con su mano, y yo me alejase, me perdiese, lejos de los dedos de mi mundo de sonidos de río, de colibríes, de colores, de ribetes de oro, de naranjas amargas, verdes de violines y marcas de ámbar.
Mi niño de ribetes y pedrería ambarina en los ojos, mi cuerda con mensajes del corazón, me aferra inconsciente, no conoce al monstruo ciego, no conoce la ponzoña. Yo quemaba el mundo, cortaba su cuerda, me hundía en el pozo, y nadie me estaba dejando sola, crecer y avanzar hacia el cielo, hacia el frío y el blanco, y yo seguía cortando mi vida, mi esqueleto de flores que siempre sonreía se estaba secando. El mundo fue de repente un desierto en medio de esa atmósfera encima de mi cabeza a la que tanto temo escaparme. Entonces mis pies empezaron a despegarse, yo me estaba marchando, nadie me había soltado, pero yo me estaba marchando. Y me asusté de mí misma.
Me asusté de mí. De mis dedos, de mis ojos, de mis manos.
Mi niño de ribetes me gritó, y yo lo encuadré en mis ojos, él era el centro de mi visión, de mis sueños, y yo lo estaba soltando a él. Mordí sus dedos dejando ese rastro venenoso en su piel de cielo, lo dañé, lo quemé, lo estaba emponzoñando. Él era exacta y calculadamente la mitad de mí, y yo me estaba autodestruyendo.
Volví al suelo, volví con miedo, miedo racional, no ponzoña, miedo del que se tiene cuando se abre los ojos y no se recuerda como se ha llegado a un lugar determinado, miedo de no saber de los actos de uno, de la inconsciencia y el paradero desconocido. Pero mi niño de ribetes tiene brazos en los ojos, y cuando me miró, mis ojos le respondieron. Ya la diosa griega que volteó mis ojos perdió su máscara y se disolvió en el aire, el monstruo ciego rabiaba con su sangre negra goteando por los colmillos, y yo languidecía en los ojos de mi niño ribeteado, temblando de éxtasis. Un árbol inusualmente inmenso rompió la tierra seca brotando decididamente hacia el cielo, abriendo su copa, abarcándome a mí y a mi niño de oro, la hierba comenzó a alzarse, era aquella una auténtica visión del génesis, llena de vida, animales, flores silvestres que jamás había visto, y mi pozo estaba allí, con la cuerda echada y respirando al lado de mi niño de oro, que se había escapado de mi lado para situarse en medio de aquella materialización de la belleza, consciente de que lo seguiría con los ojos, para que yo también fuera bella, para que me inundase de su majestuosidad. Caminé lentamente hacia él, sonaban flautas. No sé si eran flautas, pero sonaba algún tipo de melodía en el aire, de esas que te separan la mente del corazón y el corazón del cuerpo, localizando dónde quedaba cada una de esas entidades de mi ser. Prometí a mi niño esmeralda que cuidaría el jardín, mi niño esmeralda era una sonrisa cosida en un rostro de arena cálida y brillante flanqueada por dos ventanas de auténtica luz estelar justo encima de una pequeña y empinada colina de piel de melocotón.

No podría, ahora lejos del miedo, volver a romper ese ciclo, quebrar a mi niño de nubes, mi niño de mi mundo, y a su jardín extraterrenal al que estaba invitada a subir desde mi pozo de oscuridad y permanecer allí, en un eterno sueño, siempre que el parasitario miedo emponzoñado, el desastroso monstruo de la ceguera, no subiese conmigo anclado a mi espalda llevándose mi verdadera identidad, robándome mi sangre.
No sabría amar más. Si lo hiciera creo que mi corazón se pararía, por pura insuficiencia, porque un pecho humano que albergue tanto detonaría llevándose al planeta consigo en un rayo de luz y energía que cegaría al resto de los planetas, a las constelaciones, y uniría al mismísimo sol en esa explosión, sintiendo éste una admiración incomparable por ese brillo puro que tiene el amor de un humano cuando no está corrompido por la enfermedad ponzoñosa de su propia raza.


jueves

Naranja amarga, verde de violines.

Eran las calles una caja de ojos,
y él abrió los suyos
y con uno sólo
que hubiese despegado,
esa maravilla que posee,
que no es notable
ante ojos vulgares
habría inundado ese cajón
de negrura y hierro,
quemado la madera,
hecho huír a los ojos ciegos,
y haber dejado a los míos
allí, 
dentro de esa caja,
que ya no era una caja,
porque se formó en almohada,
y las plumas llovían,
enredadas en sus pestañas,
esas pestañas de estámbre,
que parecen ramas
de luz,
que magnificaban
y hacían reafirmar
el hecho de que miraba a quien miraba.
Miraba y en la luna lo sabían,
sus ojos parecía que gritaban
casi canciones
y lamentos,
no hablo de tristeza,
eso no estaba en esos ojos,
eso era matarlos
aquello era luz puramente,
luz con brazos y manos
que abraza y aprieta,
y lloré,
lloré en sus ojos
como un cachorro asustado
lloré por estar llena,
y quise liberar peso, y flotar con él
allí donde estaba, arriba del todo,
hacia esa luz armada con brazos,
lloré por incredulidad,
y volé,
y me perdí,
y probé una miel
que no podía venir de insectos,
probé una miel que era
luz,
todo era luz,
mi boca se llenaba de luz
y mi mente se anegaba de luz,
y no había más que luz,
color, brazos y manos,
en esos gemelos de arena
donde hundiría mis dedos,
donde ahogaría mi angustia,
y hasta el cuello,
y más allá del cuello
prendería mi carne.
Cuando el sol los mira,
irónicamente a su luz,
su luz lo desafía
y lo reta a brillar
si es que hay
estrella capaz
de brillar como brillan
esos caramelos
de terciopelo y cristal,
lucen con demasía
saben de lo que son capaz,
y esa luz de miel,
de naranja amarga,
se rompe sobre un musgo,
enmedio de un campo mojado,
de un verde que sangra,
húmedo,
verde cálido,
un verde que hasta entona,
un verde de violines,
bajo un corazón de miel
borbotones,
mis manos de arpa
se anudan entre sí,
y de nuevo es inverosímil,
no es terrenal,
ni si quiera palpable,
y el día en que esos ojos se cierren
parecerá que está nublado,
el sol no tendrá igual,
y la miel que roce mis labios,
voverá a ser convencional,
de insectos,
yo ya no lloraré,
no querré mi levedad,
querré quedarme ahí
cerca de la tierra con la que se funden,
ese verde de violines
y esa naranja amarga
que hacen el amor 
tan desgarradoramente
ante el sol
y llevan mis manos sobre mis cejas
para proteger a mis ojos,
mis pobres e incrédulos ojos,
de esa apacigüada explosión
que deja ciegos,
a los ojos,
en las cajas oscuras
que forman las calles de esta ciudad de sombras.