Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

miércoles

Brújula.

Mi cuerpo y mi respiración.
Una hora.
Dos minutos más.
Tu tiempo, da igual cuánto.

Los días.
Como pájaros de plumas blancas
que al final se tiñen óxido.
Las risas.
Como ecos en habitaciones vacías,
y matices que flotan entre las paredes.

Hasta que vuelvan las lunas que extrañamos con los soles,
y hasta que vuelvan las noches que extrañamos con los días,
dando volteretas en el aire y respirando arena,
en un cíclo vivo construyendo esta ciudad,
para mi.
Para todo lo que es tuyo.

Después me asomaré al viento,
moverá mi pelo en todas las direcciones que pueda tomar.
Elegiré una.
Y te llevaré conmigo.

No volveremos a la ciudad que construí.
Las horas.
Y los dos minutos más.
Y ya estaremos fuera. Lejos.

sábado

Me quedo.

Mi carne en viandas se suicida y se disuelve.
Se ha querido marchar y yo le he pedido a gritos que se quede, que me espere.
Me ha contestado que esperando solo pasa el tiempo,
y yo le he replicado que pasando el tiempo pasan las cosas.
Después se ha querido ir disolviendo en mi sangre y en mis lágrimas, dice que no me espera,
pero yo sigo con la mosca tras la oreja, así como con una lucecita, así que me quiere decir que me quede, que aún hay algo más para mi, y que tengo que descubrirlo. Pero mi carne me dice que no.
Mi carne se quiere ir, dice que le duelen las heridas y que no, que no espera a que descubra ni redescubra, que la están matando y que sabe que después me matarán a mi.
Dice que se va, que se marcha.
Dice que no me espera,
y si no me espera mi carne,
no tengo un escalón donde sentarme a esperar que pase el tiempo,
a esperar que pasen las cosas.

Después llegan mis ojos, mis ojos dicen que se van.
Mis ojos me dejan plantada.
Dicen que están irritados, que no saben humedecerse más y que están quedandose sin agua.
Dicen que ya no reciben bien la luz, y que si esperan un poquito más, acabarán por volverse locos, y por no ver nada.
Dicen que no me esperan.
Dicen que se van.
Y si no me esperan mis ojos,
no tengo ventanas para ver pasar las horas y esperar que pase el tiempo,
ni para esperar a que pasen las cosas  

Al final llega mi pecho y me dice que ha explotado.
Que está sangrando y que ha perdido muchas ganas.
Dice que ya no late igual y que le resulta un suplicio sentir el aire.
Dice que se va, no me ha querido decir más nada, por eso no escribo más nada.
Él tiene la última palabra.
Dice que se apaga.
Dice que no me espera.
Y si no me espera mi pecho,
no tengo escudo para protegerme del tiempo que pasa sin noticias,
ni tengo fuerza para esperar a que pasen las cosas.

lunes

'Barking'

No existe un método más infalible para comprender las palabras que el de utilizarlas. Desde el preciso instante en el que afloran a la mente, hasta que decides producirlas, y hasta que finalmente las produces...desde la conciencia o desde la inconsciencia. Aunque seas tu su dueño, o lo sean las malas palpitaciones de los impulsos. Aquellas palabras que no quieres decir, aquellas que se te ocurren y se te antojan tan atrevidas que intentas sustituírlas por otras más suaves que acaban finalmente desechadas porque descubres que en tu mensaje no hay lugar para la suavidad. Existen las palabras que te cambian la vida, y las que no. Las que te definen y las que utilizas para definir. En una selva de empleo y desempleo del habla oyes gritos y voces por doquier, el único fallo de esta belleza reside en la explotación. El fallo de lo bello de no ser bello, el devenir de palabras asemánticas, amontonadas, como amontona la gente los libros que no sabe leer. Apiladas y olvidadas de sí mismas, hasta perder su estructura, hasta vulgarizarse, hasta no ser nada. Y así se transforman las verdades en mentiras y los días en las noches, gradual y progresivamente, perdiendo y olvidandose lo que significa un signo, un guiño, y una palabra. Lo poco que quedaba de humanidad en un pecho, los posos del café que un día estuvo recién hecho. Y tenemos diccionarios, tenemos enciclopedias, tenemos libros llenos, repletos de palabras...pero nadie es capáz de afinar el oído para escuchar lo que no se oye, así como el padre de un hijo que abandona a su primogénito enmedio de la nada hemos abandonado nuestra creación más bella y la hemos lanzado con todas nuestras fuerzas al olvido. Es estremecedor tener oídos para escuchar y ojos para leer, ¿cuándo hemos vendido el alma? ¿dónde hemos dejado nuestra reseña? No la volveremos a encontrar, pues la cualidad innata que se pierde ya jamás vuelve y jamás brilla. Insultos, asedios, engaños, burlas, negro. Así pasito a pasito matamos con la voz lo que un día avivamos con la mente, rompiendo el respeto, desgastando la confianza, e invocando a la mentira. En estos tiempos que vuelan quien presuma de poseer facilidad de palabra es un muerto sin vida, hace muchos, muchos años que los humanos hemos perdido la capacidad del habla para haber desarrollado la capacidad del balbuceo.

viernes

Frases (in)Condicionales.

Podría darte un saco de momentos.
Una casa llena de estancias, llenas a su vez de mí y de lo que te debo.
Estoy en calma y en paz.
Soy fiel a mi latir y al constante afán de quererte que he desarrollado.
Motitas marrones que flotan en un iris de sol y miel que me han hecho morirme tantas veces...
Arraigado a mi pecho y regalándome lunas si hace falta.
Dibujas.
Disipas la niebla y me abrazas.
Así es como tú haces las cosas, no es por bien y mal, sino porque a tu manera es como las quiero, con tu olor y con tu piel.
Vestidas de ti y salpicadas con tus manos.
Te dejaría matarme para que volvieses a traerme a tu mundo, amarrarme a tu cintura y colgarme de tus labios. Dormiría sobre tu lengua y me bañaría en tus ojos, escalaría tu espalda como un deporte de riesgo, para al fin darle mi corazón a tus oídos y caerme rendida en tu pecho.

Quédate en mí.
Y déjame quedarme contigo.

Lo blanco que hay en ti y que me concede color.
Lo que hay en ti y que no puede haber más si no lo englobas tu.

lunes

Lápices de cera.





*
 
¿En qué te transformarás el último día?
No eres más que pureza, en su estado puro.
Necesito transparencia.
Y apoyos, muchos apoyos, que desde aquí se ve todo muy alto y muy pequeñito y si me caigo todo crecerá de repente y me envolverá. El mar me gana terreno a rachas pero la bandera sigue sobresaliendo para que puedas ver que aquí estamos, a kilómetros del mundo hacia arriba rallando el cielo y cosiendo colchones. Qué más puedo decir con la boca cerrada a excepción de esbozar gestos de gratitud que no sé donde irán a parar. Pero puedo ver el sol muy cerca desde donde me siento en este cielo.

miércoles

Perturbateur, -trice

Estar perturbado es un regalo del viento.
¡Ai de mi si no pudiera estar perturbada alguna vez!
Si por la tierra no corriera el pez,
si no se duerme al soñar despierto.

Estar perturbado es un regalo del sol,
la quietud del clamor,
la casa del tiempo.

Pertúrbame si en tu mano queda
con fuerza y manera
que me quieras lento.

Estar perturbado es un regalo ajeno
de un dios sin terrenos
de cuerpos flotantes
de muerte serenos.

Hasta donde llegue el loco
que corre del miedo
si el no tener frenos
ya sabe a poco.

Lo perturbado es lo cuerdo
si en gritos me tuerzo
por ser quien mendigue
un poco de ensueño
a quien me castigue
por saltarme a la vida
como juego de niños
si no da cabida
a los falsos guiños.

Vuélveme loca de ser y de atar.
Demente de amar.


sábado

El falso cestón que quiso ser nido de aves.

¿A dónde vas, tan desenfadada con el mundo?
¿Acaso a ti no te molesta el fluido de gente que se agolpa y no acompaña?
Es cierto, tu ya no sientes que te rodea lo ajeno porque donde estás todo es tuyo.
¿Me vas a sonreír así todo el día?
Lo digo porque me gusta, que bonito sonreír con todo el cuerpo y que nadie se de cuenta de que estás disfrutando, qué bonito guardarlo para tí, un momento íntimo entre tu corazón y tú. Me quedaría buscando formas impensables a las nubes toda la tarde, no movería ni un dedo para sentir más plenamente como me fundo con la superficie que me sostiene.

Desátame si quieres que vuelva tras el vuelo y abre los brazos cuando vuelva tras la huída, voy a necesitar una cálida bienvenida cuanto sienta que no debí haberme ido, pero sabes bien que el viento sopla en todas direcciones y que el agua cambia de caudales cada segundo en su cíclica recreación.

Las piedras del río se amontonan bajo el agua y yo sigo en el trampolín de cemento, esperando un impulso que me anime a entrar en el frío golpe que es vivir el cambio.
Me vas a besar los ojos y vas a bendecir mi alma solo porque he vuelto, pero no para que me quede.

¿A dónde vas, tan desenfadada con la vida?
¿A caso a ti no te duele vivirla?
¿A caso no sientes que se te va y que te vuelve con la fuerza de un huracán?
¿No sientes la inquietante incertidumbre de saber por qué lo que es es como es?
¿De saber qué sería sino?

No te da miedo, lo sé. Tu lo ves de otra manera, tu ya no estás en la partida, eres espectadora de los errores que cometo y de los que no, casi puedo verte sonriendo, casi maternalmente, con la templanza de quien sabe que encontraré mi sitio después de tanto rumbo. No me odies si te digo que aprendí a no echarte de menos, no puedo echar de menos algo que ya forma parte de mi. Ya no puedes ser palpable, pero puedes ser energía, eres energía, vivencia, experimento. Eres. De alguna manera eres en mi. No puedo echarte de menos, porque no te has ido.

¿Y si se me caen las plumas durante el vuelo?
¿Me darás las tuyas, aún sin estrenar?
¿Me darás tu fuerza, cuando flaquee la mía?
¿Responderías tantas preguntas absurdas, sin dejar de sonreír así?
Si vas a llevarte sonriendo así todo el día, que no se acaben las horas.




A Patricia Judith Rebola Cruz.