Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

martes

All they can bury

La gente es irracional.
No he sido exacta.
La gente es irracionalmente comprensible, medible, clasificable, de racionalidad entendida. A veces parece un libro abierto, de tan desnuda que queda a los ojos de los demás. Todos quedamos desnudos. La desnudez cuando es pretendida es algo digno de orgullo, gustoso de mostrar en cuanto a las virtudes personales, particularidades, como si la personalidad fuese de piel, y exhibiera sus lunares y manchas de melanina distintivas, leves marcas casi sensuales, exhibición resaltada por el ego y el reflejo en el teatro mundano del espejo. Después quedan al desnudo los pequeños desperfectos que se pretenden esconder. Entonces la desnudez asusta y ridiculiza, uno se siente, tan de repente como sucede el cruce de una acera a la otra de en frente, admirable y ridículo. La gente es analizable. Despiadadamente analizable. Se construye por fuera. Pertenece. Quiere pertenecer. Busca pertenecer, y se proporciona esa idea-placebo, esa imagen de muebles en el río arrastrados por la corriente y ella (la gente), fieramente aferrada a la rama de un árbol caído, astillado, y allí le puede llover cuchillos sobre la espalda, que por no ver, que por no escuchar, que por el miedo a pensar que se deja llevar, sigue dejándose llevar. Por la sutileza de "depender de la dependencia a la independencia".
La gente es asquerosamente cíclica.
Intimidantemente Agrupable.

viernes

Doña Ponzoña y el oro del corazón de ribetes.


El miedo es una garra emponzoñada y amarga de un monstruo ciego e inseguro que te rodea el cuello con una fuerza arrolladora y acompañada de una presión incalculable. El miedo de cerca parece de colores raros, el miedo atrae, una vez que aflora, cuando se le da la oportunidad de invadir un pecho, como atrae la miel a las moscas, inutilizando el sentido común, cegando los ojos, como si de esa emponzoñada garra emergiese una suave mano de diosa griega que de un amago de caricia volteara tus ojos hacia dentro (mucho más peligroso que arrancarlos de cuajo) para mirar al miedo a los ojos, y perder el norte.

Te lleva a la pérdida de identidad.

Un día se mueven las fichas del tablero y llega ese monstruo ciego, al que debo aprender a invitar a café con palabras y largar cuando comience a hastiarme, debo decirle que hay en mí pálpitos inalterables, que no los toque, que son hermosos, y que son la única cuerda tirada al pozo de mi fuero interno, a la que me agarro para huir al mundo más verde y azul en el que jamás mis labios habían pronunciado palabra. Nunca encontré palabras exactas para describir hacia donde me llevaba esa cuerda de mito griego que un día una sonriente luz lanzó a mi oscuridad. El monstruo ciego tiene envidia y envenena, y yo soy una débil masa de miga cubierta por una corteza dura de quemazón, que con el roce del dedo se hace polvo, y desvela esa blancura que tienen las cosas que fácilmente se corrompen por el miedo, que saben mucho, porque saben mucho, pero que tienen vértigo. El monstruo casi corta mi cuerda, mi preciosa cuerda ribeteada en la que hay grabados mensajes del corazón, que me lleva a ese mundo donde se salvan mi vida y mi salud. La rasgué con mis uñas, pensando que mi mundo era efímero y pasajero, que se escapaba de mis manos, con mis ojos hacia dentro, color ébano, pensando errónea y temerosamente (siempre, el miedo, la ponzoña, hundiendo el puñal en lo que más ama un corazón) que se caía como se caía mi quemazón negro manchando mi miga blanca, y antes que ver aquello despedazarse yo habría saltado al vacío, huido, habría cruzado el charco, el mar y el río, para alejarme de una visión que se llevaría al centro candente de la tierra mi entereza y el poco peso que me mantiene a ras del suelo. Siempre estoy a punto de salir flotando hacia la atmósfera, como un globo que se escapa de la mano de un niño que encuentra una nueva distracción, o que simplemente crece rápido, y mi levedad, mi frágil levedad, explotaría, se convertiría en confeti, en papel de seda, pequeño y al viento, si fuese testigo de esa imagen, si mi cuerda, mi niño, mi dulce niño ribeteado creciese o encontrase otra identidad que abrigar con su mano, y yo me alejase, me perdiese, lejos de los dedos de mi mundo de sonidos de río, de colibríes, de colores, de ribetes de oro, de naranjas amargas, verdes de violines y marcas de ámbar.
Mi niño de ribetes y pedrería ambarina en los ojos, mi cuerda con mensajes del corazón, me aferra inconsciente, no conoce al monstruo ciego, no conoce la ponzoña. Yo quemaba el mundo, cortaba su cuerda, me hundía en el pozo, y nadie me estaba dejando sola, crecer y avanzar hacia el cielo, hacia el frío y el blanco, y yo seguía cortando mi vida, mi esqueleto de flores que siempre sonreía se estaba secando. El mundo fue de repente un desierto en medio de esa atmósfera encima de mi cabeza a la que tanto temo escaparme. Entonces mis pies empezaron a despegarse, yo me estaba marchando, nadie me había soltado, pero yo me estaba marchando. Y me asusté de mí misma.
Me asusté de mí. De mis dedos, de mis ojos, de mis manos.
Mi niño de ribetes me gritó, y yo lo encuadré en mis ojos, él era el centro de mi visión, de mis sueños, y yo lo estaba soltando a él. Mordí sus dedos dejando ese rastro venenoso en su piel de cielo, lo dañé, lo quemé, lo estaba emponzoñando. Él era exacta y calculadamente la mitad de mí, y yo me estaba autodestruyendo.
Volví al suelo, volví con miedo, miedo racional, no ponzoña, miedo del que se tiene cuando se abre los ojos y no se recuerda como se ha llegado a un lugar determinado, miedo de no saber de los actos de uno, de la inconsciencia y el paradero desconocido. Pero mi niño de ribetes tiene brazos en los ojos, y cuando me miró, mis ojos le respondieron. Ya la diosa griega que volteó mis ojos perdió su máscara y se disolvió en el aire, el monstruo ciego rabiaba con su sangre negra goteando por los colmillos, y yo languidecía en los ojos de mi niño ribeteado, temblando de éxtasis. Un árbol inusualmente inmenso rompió la tierra seca brotando decididamente hacia el cielo, abriendo su copa, abarcándome a mí y a mi niño de oro, la hierba comenzó a alzarse, era aquella una auténtica visión del génesis, llena de vida, animales, flores silvestres que jamás había visto, y mi pozo estaba allí, con la cuerda echada y respirando al lado de mi niño de oro, que se había escapado de mi lado para situarse en medio de aquella materialización de la belleza, consciente de que lo seguiría con los ojos, para que yo también fuera bella, para que me inundase de su majestuosidad. Caminé lentamente hacia él, sonaban flautas. No sé si eran flautas, pero sonaba algún tipo de melodía en el aire, de esas que te separan la mente del corazón y el corazón del cuerpo, localizando dónde quedaba cada una de esas entidades de mi ser. Prometí a mi niño esmeralda que cuidaría el jardín, mi niño esmeralda era una sonrisa cosida en un rostro de arena cálida y brillante flanqueada por dos ventanas de auténtica luz estelar justo encima de una pequeña y empinada colina de piel de melocotón.

No podría, ahora lejos del miedo, volver a romper ese ciclo, quebrar a mi niño de nubes, mi niño de mi mundo, y a su jardín extraterrenal al que estaba invitada a subir desde mi pozo de oscuridad y permanecer allí, en un eterno sueño, siempre que el parasitario miedo emponzoñado, el desastroso monstruo de la ceguera, no subiese conmigo anclado a mi espalda llevándose mi verdadera identidad, robándome mi sangre.
No sabría amar más. Si lo hiciera creo que mi corazón se pararía, por pura insuficiencia, porque un pecho humano que albergue tanto detonaría llevándose al planeta consigo en un rayo de luz y energía que cegaría al resto de los planetas, a las constelaciones, y uniría al mismísimo sol en esa explosión, sintiendo éste una admiración incomparable por ese brillo puro que tiene el amor de un humano cuando no está corrompido por la enfermedad ponzoñosa de su propia raza.


jueves

Naranja amarga, verde de violines.

Eran las calles una caja de ojos,
y él abrió los suyos
y con uno sólo
que hubiese despegado,
esa maravilla que posee,
que no es notable
ante ojos vulgares
habría inundado ese cajón
de negrura y hierro,
quemado la madera,
hecho huír a los ojos ciegos,
y haber dejado a los míos
allí, 
dentro de esa caja,
que ya no era una caja,
porque se formó en almohada,
y las plumas llovían,
enredadas en sus pestañas,
esas pestañas de estámbre,
que parecen ramas
de luz,
que magnificaban
y hacían reafirmar
el hecho de que miraba a quien miraba.
Miraba y en la luna lo sabían,
sus ojos parecía que gritaban
casi canciones
y lamentos,
no hablo de tristeza,
eso no estaba en esos ojos,
eso era matarlos
aquello era luz puramente,
luz con brazos y manos
que abraza y aprieta,
y lloré,
lloré en sus ojos
como un cachorro asustado
lloré por estar llena,
y quise liberar peso, y flotar con él
allí donde estaba, arriba del todo,
hacia esa luz armada con brazos,
lloré por incredulidad,
y volé,
y me perdí,
y probé una miel
que no podía venir de insectos,
probé una miel que era
luz,
todo era luz,
mi boca se llenaba de luz
y mi mente se anegaba de luz,
y no había más que luz,
color, brazos y manos,
en esos gemelos de arena
donde hundiría mis dedos,
donde ahogaría mi angustia,
y hasta el cuello,
y más allá del cuello
prendería mi carne.
Cuando el sol los mira,
irónicamente a su luz,
su luz lo desafía
y lo reta a brillar
si es que hay
estrella capaz
de brillar como brillan
esos caramelos
de terciopelo y cristal,
lucen con demasía
saben de lo que son capaz,
y esa luz de miel,
de naranja amarga,
se rompe sobre un musgo,
enmedio de un campo mojado,
de un verde que sangra,
húmedo,
verde cálido,
un verde que hasta entona,
un verde de violines,
bajo un corazón de miel
borbotones,
mis manos de arpa
se anudan entre sí,
y de nuevo es inverosímil,
no es terrenal,
ni si quiera palpable,
y el día en que esos ojos se cierren
parecerá que está nublado,
el sol no tendrá igual,
y la miel que roce mis labios,
voverá a ser convencional,
de insectos,
yo ya no lloraré,
no querré mi levedad,
querré quedarme ahí
cerca de la tierra con la que se funden,
ese verde de violines
y esa naranja amarga
que hacen el amor 
tan desgarradoramente
ante el sol
y llevan mis manos sobre mis cejas
para proteger a mis ojos,
mis pobres e incrédulos ojos,
de esa apacigüada explosión
que deja ciegos,
a los ojos,
en las cajas oscuras
que forman las calles de esta ciudad de sombras.

Viajes internos.

Certero y paciente,
como la erosión de un río.
El tiempo aparcado en
pechos que huyen del frío,
calientes cabezas cavilan
conscientes del paso
de los astros sobre los transeúntes
oscilantes levemente
de un punto muerto a otro
deambulantes canicas
círculos cerrados
que vagan por la ciudad de agua
como vaga una mancha de grasa
sobre ropajes de un muerto,
la marca de haber paseado,
qué largo paseo,
qué largo cauce
para advertir patéticamente
que el movimiento es entre
muertos
siendo los muertos astros
que yacen eternos
vagando y viajando
por encima de nuestras luces
en medio de esta ciudad de agua
todo lo que vaga
que no adquiere un rumbo
se vuelve redondo
se hace lento
y muere rápido
con manchas de muerto
en ropajes de vivo.

martes

El Asco.

 La inspiración de "La Gran Marcha".

Con un zarpazo al nihilismo casi felino, un dedo en el ombligo y otro hurgándose la nariz, dijo que eran las mierdas las que cagaban a los humanos, y que el kitsch totalitario era la inculpadora sonrisa de tu vecina más alcahueta a juego con tus ojeras en el portal de tu casa un sábado a las nueve de la mañana. Y que así nos iba.
Sacó un moquillo viscoso pegado a la yema de su dedo índice (el de acusar y señalar), lo miró casi uniendo el iris de ambos ojos por su lado más cercano al tabique de la nariz, y en una árdua tarea de reducir su capacidad adhesiva, lo moldeó como una miga de pan hasta que fue adquiriendo un tono grisáceo y una textura similar a la de la goma de borrar.
Me miró durante unos segundos, expectante de mi expectación, y catapultó hacia algún rincón de la estancia su proyectil ecológico.
-El asco-dijo.-y los obstáculos, son del hombre y nada más.
Extrajo otra muestra de masilla adhesiva y la pegó esta vez sobre la mesa, para asegurarse de que todos (incluída ella, por pura memoria identificativa) percibiésemos el perfil tabú y salvaguardado entre algodones de la sobrevalorada Creación.
Conseguí disuadirla en su empeño de defecar sobre una brillante e irónicamente blanca y dorada vajilla de porcelana. De algún modo estaba empeñada en manifestar hacia el mundo lo que el mundo celosamente negaba, avergonzado de sí mismo, entre cuatro paredes y sobre enormes y fríos tubos que emergían del suelo como árboles de la vergüenza, provistos de un botón de automática pérdida de vista tras puertas cerradas y agua corriente.
Decía que conectábamos tímidamente nuestro tubo con los tubos que nacían del suelo, y que incluso había casos (esto la irritaba especialmente) en que comprábamos bonitas y acolchadas tapaderas en "atractivodistractorias" tiendas que aliviaban el asco de ser humano.
Me dijo que hoy no, pero que el próximo día hablaríamos de sexo, y que el otro de la humillación.

Al salir de aquella sesión me pregunté, verdaderamente asustada, si la capacidad tangible de conocer y comprender al ser humano nos estaba vedada a los "políticamente correctos" o para hablar con sus palabras, "kitschianos totalitaristas".

Podría esa ser la clave de la explicación a la existencia de centros tales como manicomios, clínicas de desintoxicación y cementerios.



domingo

Vertiginosamente alzar el vuelo.

Levantando los pies del suelo se quebranta el vértigo, como todos los días el olor a café y el mohín en los ojos, y caminar hacia el encargo, sintiendo ese vértigo, en pié sobre el aire que se ríe y se hace espeso. Ella olía a asfalto y a locales de antro, pero siempre tuvo mal equilibrio a pesar de su particular visión del mundo. De todo lo tomado en sus manos había, al menos, algo que se rompía y ella se empeñaba en conservar, lo ponía bajo su manto de redención y lo observaba durar en una línea transversal en el tiempo, -como ya está roto-decía-no tiene más utilidad que la de ocupar un lugar en el espacio y el recuerdo. Nunca comía caramelos de color verde, decía que ese era su color y creía que era una traición succionarles puerilmente la luz por un sabor artificial. Tanta perplejidad en los ojos le servía para asustarse de sí misma, conocía y manipulaba ese conocimiento, se conocía tanto como conocía a un transeúnte que vaga por la cera de enfrente, un(a) absoluto(a) desconocido(a).
Decía, también, que lo justo y necesario sería que su primer y único apellido fuese el de "Vértigo", y que no debía tener un segundo apellido porque consideraba que segundos nombres y segundos apellidos eran, congruentemente, una mera redundancia de sí misma en su tarjeta de identificación personal. Y ella no quería reiterarse, quería caducar y durar un exhalo cuando alguien la nombrara, no quería relamer las lenguas de nadie, ni que las lenguas de nadie babearan su identidad.
Tenía vértigo de sí, por eso levantaba los pies del suelo y a veces no era capáz de oir la tierra.





jueves

Insomnia, -ae

Perdido el tiempo en comas eternas, la realidad se vuelve tan leve como una pluma y pasa a un segundo plano. Lo que llamaré ahora "primera realidad" entiende el tiempo tan extenso que no se mide por ninguna entidad numérica que lo clasifique en tarde o temprano. El siguiente paso está en percibir de forma indiferente o, sencillamente no percibir de forma que resulte relevante al desarrollo del tiempo (no existen los días ya que son una unidad de medida temporal artificial y meramente conceptual) la transición migratoria de la luz de un lado a otro de la tierra. Seguidamente el cuerpo se va agrietando y oscureciendo, los globos oculares arden y se cierran con un deje de autosuficiencia que a veces puede inquietar al individuo, pero de nuevo nuestro ilimitable e incalculable factor tiempo nos suaviza y acogemos las reacciones corporales en consecuencia de la falta de medida del tiempo como el comportamiento natural de vísceras y órganos inalterados. El insomnio es una especie de mala hierba que invade un terreno y anula al tiempo aunque a su vez lo acentúa, me atrapa la ignorancia si me pregunto de qué se alimenta, pero voy asimilando qué es lo que consume.