Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

miércoles

Tierra

Había un frescor de hierba buena y piña mojada en el fervor del aire que alteraba aquellas copas de un verde sobrio. La localidad salada. Azul de no secarse.
Alentaban los largos paseos las cremosas páginas que paseaban también al final de cada uno de ellos, siempre varadas en una orilla diferente, caldeadas por el mismo río suave, suaves las temperaturas, y suave también la huída del sol, no era huída de tanta sutileza que se hundía en la cola del río, cuando el día lloraba, cuando cerraba los ojos. El viento en el oído a veces punzante era el único que defendía su area, el único que recordaba lo real del paraiso visual, un Whistler de azul y barcos con la luz muerta, miel al sol el espectáculo tardío de su muerte aún inacabada, muerte seca, tiempo solo, sólo tiempo en la orilla del río, tiempo en sus piedras, en sus formas. Un pájaro o dos en la lejanía de la línea de en frente, donde los pies son de escamas y el invierno una tormenta de una estación entera. El ensueño es inevitable bajo el agua, y entre muchas letras endulzadas por este fotograma de sentidos, digno de Milton, una subyace en la idea no tan descabellada de que el verano enamora a la hora de irse, cuando deja la arena más fría del año y el agua mas candente. -¡Que me voy!-parece que dice-¡Que me estoy yendo!- comenta el estío.
Se va el dorado tornando romero seco, romero de bosques que viven en lluvia de plata, sólo al paso de unos meses el sonido del vaivén del río cambia, y el olor de la tierra mojada de otras aguas que vienen de arriba calman un poco esa necesidad de los sentidos de percibir cierta belleza en el cambio radical de los vientos.




lunes

Corrosión

Parece como azufre en el oxígeno, eso que huele siempre a lo mismo y que irrita siempre de la misma manera. Andaba yo purificando mi vida como si fuera posible pulir con una lima un acantilado, y siempre quedaban cuerpos extraños, polvo y mugre. De no ser por esta pérfida ola de frenesí, de lidiar con ver que se impregna, habría apostado un corazón humano a que, valga la bipolaridad de la confusión y el no discernimiento de lo que queremos llamar realidad, nunca hay polvitos rojos sobre mi almohada, pero yo los inhalo, los siento. Por eso sé que siempre están ahí.

Roca

Con un hacha clavada en las partes bajas y una sonrisa carnavalesca en las comisuras te ves hasta humana y si me amenazas un poco te diría que hasta tienes cierto atractivo, pero qué miedo me dan tus ojos. Qué miedo qué miedo que la enfermedad se abre paso a través de tus pupilas y saberte mal me sabe insípido, como esas miradas enfermas, que no tienen dirección ni remite, como un hilo cortado en medio del suelo que al caminar pisas y sin tener consciencia de él lo llevas arrastrado bajo tus pies como una cadena de hierro amarrada a un fantasma. Qué miedo cargar contigo y con esos ojos que no tienen color.

martes

Verbum

Se empieza, siempre, con una palabra extraviada. Digamos Hola, y se apartará la hiedra, el "ábrete sésamo" de la reciprocidad, como el índice de un libro, desde la primera grafía. Se dibuja un bodegón de intercambios, sobre la escudilla de barro la fruta no mordida, luz naranja y un equilibrio estático.
Mi palabra extraviada está perdida, pues siempre camina la primera, siempre parcialmente sola. Sale para ser evocadora, imán de iguales. La palabra extraviada que nace en el flujo de conciencia, sí, así es, y el flujo de conciencia es como el tiempo, como la línea recta del tiempo, aunque la rectitud de la mente y el pensamiento deban comprenderse como una epanástrofe, ya que hay cronotopos a los que la mente nos hace regresar pero de los cuales el tiempo nos aleja.
La mente siempre está mirando hacia atrás, hacia delante y a su espejo, y es cuando sucede, que una mirada la lleva a otra y un paso al otro, y la relación entre dos esquinas de una misma calle se hace inevitable. Es como ocurre con las palabras, esto del deambular de la mente (excepto con las extraviadas, claro, que son la primera esquina angular de algún barrio perdido de la primera ciudad del mundo), como ocurre con las palabras, sí, incluso las encadenadas.
¿Quién no ha jugado alguna vez a las palabras encadenadas? Alegórica ironía en un juego infantil que mimetiza indiscriminadamente ese instrumento tan nuestro, tan humano, sonoro y sordo, entramado del concienzudo y bípedo defecto. Amada comunicación, cómo dependes de la cordura...o no.
Siendo entonces, este juego infantil, este instrumento tan nuestro, una sucesión, una palabra es parte de la que procede, de la que antecede, y de sí misma, para volver y demorarse en aquella que la siga.
Son causa y efecto.
Ahora me apetece pensar en la palabra más adecuada para cada momento en el espacio y el tiempo dentro del ciclo vital de un humano que ama y odia y que cree ser social y depender de un contexto...la mejor de las palabras extraviadas que dará la voz de salida, que teñirá a aquella que la sujete, y que irá a su vez tinta de la luz propia del flujo de conciencia, de sí misma, de la particular mente que la brinde.

Quiero pensar entonces, que todos somos una palabra.


Mi vida es mía y mi ciudad, también.

Mi pájaro de alas de alambre emprende el vuelo y me araña el alma.
No se ha limado los cantos, no alimenta a sus crias.
Me agarra firmemente y me mantiene fija sobre la ciudad, que parece un gofre relleno de chocolate y devorado por las hormigas. Me va a soltar ahí, en la nutrición de los insectos, y yo me aferro a sus plumas de cenizas en el aire. Le digo que si me suelta, que me deje caer dignamente, pero que se lleve mis ojos, tengo la teoría de que los ojos ven cuando están arrancados, pero ven como la lluvia que cae del cielo, que cae por un motivo que no es dar la vida al campo, y cada primavera tras el invierno crece la vida de verde y miscelánea, y ver siempre el cielo, darle forma al aire, era mejor que ver crecer el suelo. ¿Está mi pájaro enfadado conmigo? ¿Tal vez con ese rebosante pastelito de hormigas? Parecía tan grande antes de la invasión, parecía tan lleno de riquezas, limpio e impío, hasta brillante, y luego la naturaleza.
Me hundo en él.
¿Están esas hormigas compartiendo o arrebatando?
Qué difícil saberlo desde el aire. Yo no necesito ese hojaldre de compasión o ese río cremoso de egoísmo. Tengo a mi pájaro, que me da la vida porque me agarra con sus garras y no porque me lleve sobre el lomo.
Todo está agotándose, en un reloj de arena, se arremolinan los sonidos entre los cristales, ruídos, luces que no encendemos, humo, mucho humo entre las calles y entre las personas. Estructuras materializadas desafiantes, cárceles decoradas y números que hacen que el tiempo pueda meterse dentro de una chapa de botella que colocamos alrededor de nuestras muñecas, el tiempo no son números, agujas ni circunferencias, porque el tiempo no es cíclico, el tiempo te abandona, pero el aire...
¿Qué aire?
Yo vivo de impulsos.
Mi pájaro está enfadado conmigo.
Dice que cómo tengo la poca vergüenza de comparar a este descastado mundo con un dulce de chocolate, y a la imperturbable humanidad destructiva con una colonia de hormigas obreras.
Pájaro, pajarito mío, titán de plumas, dios de tragedia griega, plaga de la verdad...
cómetelos a todos.

Reloj de arena.

Ya no sé, si quiera, decir cuánto tiempo ocupas en mí. Ya no sé, no sé.
Sé que es tanto que me duele, que si me falta me muero en la agonía, pero no sé, no sé,
no sé cuánto tiempo estará este tiempo siendo mi tiempo, mi tiempo y tu tiempo, y yo quiero que deje de ser tiempo, porque el tiempo siempre se acaba, y tu no tienes nunca fin. Tu nunca tienes fin, aunque pretendieses acabarte, en mí, aunque gire mañana la tierra en la dirección de la que se aleja inutilmente, tu no tienes fin en mí, no tienes, no.
No tengas fin, yo no quiero tener fin, en tí, no quiero, no quiero tener fin.
Hasta con las caderas,  hasta con los pies,
en tu música siempre,
no quiero tener fin en tus canciones,
en tus dibujos, en tus manos,
el sonido de tu motor que nunca cesa
quiero ser yo,
no tener fin,
dentro de tí
eternos,
eterna
aquí,
tu,
yo,
y.
.

lunes

Canción.

Una vez hemos extendido el brazo y cerrado la caja de música, aflora esa inexplicable ansiedad por oír la última canción, la nota final, un verso. No se sabe de dónde nos viene, lo cultivamos desde hace millones y millones de años, eso de querer cuando es tarde lo que ya hemos deshechado en el vacío, como es con la canción prendada en el aire y sellada en una caja que no sonará más, y escocernos en el recuerdo una leve melodía de la memoria. Desde la infancia más instintiva, hasta la madurez razonable, presos de la humanidad del egoísmo hasta que lo hayamos -a rasgos generales e, inclusive aplicables a la soledad del individuo así como a sus consecuencias, todo en una equivalencia- por fin destruído todo.
Y después permanecemos haciendo montoncitos de arena con las manos, dibujando irónicamente ante nuestros ojos, nosotros que somos hijos del tiempo, la imagen de la eterna caída, el cíclo descendente que cumplimos en todos los aspectos de nuestra vida cuando llegamos al final de alguna etapa, casi tan lejos de aquellas ciudades construídas en cada momento, que todo lo que nos parecía próximo e inabarcable con la pupila del ojo cabe hoy en nuestro campo de visión como caben al final los recuerdos de toda una vida en una caja de latón, o en una fotografía, o en el pálpito al oír una canción que marcó en algún lugar la esencia de algo ya perdido.
Qué pequeñas son las manos de las personas, que parecemos a veces insectos tirando horas de vida al suelo, y volando de acá para allá, de flor en flor, abandonando una para posar en la otra y después volviendo a querer sentir en nuestros pies el tacto de las flores de antaño...