Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

viernes

La reiteración en un saco roto y vacío.

Dientes desplazados de tanto empujarlos entre ellos,
dicen que parece que está entera
cuando anda por la calle mueve las piernas, sí
como todo transeúnte.
Ella sólo ella sabe
que grita siempre el mismo canto,
la misma angustia
se la grita a él.
El no la oye.
Ella cree que la oirá.
El no la oye.
Ella grita
Grita.
Pierde la voz.
Sigue andando, cual transeúnte.
Grita.
El es silencio, el no tiene nada.
Ella cree que algún día.
El no tiene nada.
Ella tiembla en las horas puntas
y los minutos se le disuelven dolorosamente,
como ácido sobre la piel.
No sabe a quién pedirle,
pues a quien le pide
no le quedan ya
manos para ella
ojos para ella
labios para ella
amor para ella
mente para ella
tiempo para ella.
Solo puede ya
contentarse con mendigar
pequeñas mentiras
que sufraguen el daño,
y teme que sea como la droga,
que la mentira también la mata
y la enlaza a la costumbre y a la dependencia,
y solo pide que exista la verdad que ella ansía
y esa verdad no llega
nunca llega
no es para ella
será para quien sea
algun día
o para quien fue
una vez.
Ella soñaba todas las noches con una casa azul
de puertas blancas
y flores en los jarrones.
Vivía en el jirón de un muro.
Un muro que no la cobija,
que no la protege.
Dice que no quiere espejos.
Dice que no quiere nada que la lleve ante sus ojos.
Su corazón se despelleja en la tabla de un teatro
y solo un espectador
la mira morir
la oye gritar
la ve temblar
y rabiar
y retorcerse
y no es la ignorancia la que lo inmoviliza,
es que no le importa,
es que no sabe que hacer
ni le importa no saberlo.
Ella hoy, pájaro roto sobre un pecho congelado.
Ella hoy, pájaro roto sobre un pecho congelado
que antes que morir de frío
curará sus grietas
con los pellejos de su corazón
y el día que abra las alas
será el pájaro más grande,
de los colores más vivos,
las plumas más suaves
y los ojos más brillantes
que habrá conocido jamás
aquél que no la supo ver nunca.
Tal vez algún día se arrepienta
de su parálisis, de su ceguera, de sus mentiras, de su frío, del daño.
Pero el pájaro habrá roto su anilla
y no deberá suspiro alguno
por el amor de ningún pecho.

miércoles

Orilla, río, orilla.

Partícula primera

Las palabras, esas tan putas, tienen las maletas a las puertas de mis oídos. Las ví mentir y sobresalir entre el resto, las vi calentar las camas de todos y yo las oí en la intimidad de un susurro como mías como puras y no. Las palabras tras los labios, encerradas. El oído a vivir al campo. A los pájaros y al viento entre hojarasca, al murmullo del vacío de la amplitud en lo verde de los valles. A las palabras en la ciudad, donde la gente está manchada y camina porque no sabe detenerse a mirar una mierda. Las palabras a las páginas y a las canciones, no resbalando de las bocas consentidas e inquietas. Las palabras son canciones de sirenas. La piedra repetida del camino. El oído es un vasallo, encandilado y a los pies de frutos de a saber qué árbol. De qué rincón viene cada palabra, y por qué suenan de una manera distinta en los labios de cada uno. A palabras necias, oídos sordos. Mentirosos todos. Necios los oídos, que nacieron sin tapón.

Partícula segunda

Una muerte estratégica para un mártir del recuerdo, que no sabe, pobre mártir, que el recuerdo es como el agua, que toma la forma del recipiente en el que duerme. Pobre mártir del olvido, que no sabe que el olvido es lo más cercano del recuerdo que un sacrificado por la paz de la conciencia puede estar. Pobre mártir de la vida, que acabará muerto de sed a las orillas del río y roto del hambre a los pies de la cornuscopia. Pobre mártir de terciopelo, quemado al fuego y derretida su elegancia, donde vas con esa cara tan larga, parando en las ventanas, asomado a la arrogancia. Pobre mártir, tu orgullo es un alúd, pobre mártir. Pobre mártir, pobre mártir. Tus anchos pies son un ataúd.

Partícula tercera

Un cuerpo redimido del señor de la coronaria vaga por un terraplén de asfalto y ceniza. Las únicas divinidades existentes que castigan son el arrepentimiento y la incapacidad retrospectiva de los relojes y los años. Los días pueden volver. A veces. Ese cuerpo pierde las uñas urdiendo en la porosidad del asfalto que lo invade desde abajo. Ese cuerpo está perdido brújula en mano. La ceguera rábica, colérica. Tercera divinidad justiciera del mundo del asfalto.

jueves

Hojarasca

La luz naranja en la esquina superior izquierda sobre la cama. La pared A, la pared B, la pared C, y la pared D. La cama desecha, con olor a signos de alteración extrema, la sábana plegada y arrugada, desceñida de la base, de sofocar el peso de la mañana, del medio día, de la tarde, y de la noche. La pintura desarraigada en los abecedarios muros, las estaciones del polvo, los libros desubicados. El humo. La garganta. El sonido caliente al exhalar. Los ojos diluídos, y acolchados. Las manos rojas, y empapadas. Una colmena el corazón, el veneno de las picaduras. Una Elaphe Obsoleta lo constricta y supuran las dolencias inagotables. La agitación descontrolada dentro de la quietud de un cuerpo varado. El suelo de agua. La cama flotante. La imposibilidad de tocar ese agua. Una cabeza llena de peces. Mirar a los lados. La semioscuridad provoca que el brillo de los metales se desprenda de su posición fija. Hay luces que sólo se ven a oscuras. Las letras mezcladas. Ahora un violín, cortando un tálamo en dos, dibujando un surco en la piel que se torna en grieta y se pueden ya hasta tocar las cosas que laten dentro. Una desnudez patética, afligida y agonizante.
Yo de ver nada, el miedo de la nada, de que las manos vacías hormiguean en el centro.
No son pretensiones denegadas, ni orgullos podridos. Es el peso de la certeza lo que hunde a esta cama en el agua de esta salina. Ahora que he mirado mucho con estos ojos de piel cetrina lo que tanta luz me ha proporcionado y ahora arrebatado, he visto que no veo nada. Apenas una delineada línea inócua en el paisaje del cuerpo de una cebra...y he pensado en tantas veces, en mi cuerpo, y en el tuyo, en tantas veces haber sentido tener una ventana en el esternón por donde tu podías meter tus manos apacibles y viriles, y tocar un corazón que se resentía sin descanso de ser tocado, la forma del dolor, de sentir la violenta intensidad y la seguridad de que algún dia, en silencio, expiraría entre tus dedos. Cuanta vida se va del corazón cuando uno lo utiliza al máximo de sus existencias, cuanto dolor que sube por el cuello y la tráquea hasta los oídos cuando uno ama la integridad de otro que está a su lado, que parece que es la vida un paisaje esbozado de fondo, con un escenario a tablillas, sobre el que ejecuta los movimientos este cuerpo de la muerte y la vida y la muerte de nuevo por el que se suspira con sangre y angustia de sólo amarlo. Cómo volver a uno mismo no lo sé, ahora vivo dentro de un cuerpo que no es el mío y camino por las calles de una ciudad que ha perdido la gravedad y las historias interesantes. Arrastrada por el viento hacia arriba y abajo y agradecida quebradamente por su impulso, los ojos de las personas que me rodean son como piedras pulidas ahora. Todos saben mi nombre, yo he perdido el sentido de si debo responder a él. Un nombre, una cara, un título, un núcleo social, una familia, un porvenir, una casa, un proyecto, dos, tres...Son muchas las cosas de las que uno debe estar pendiente, por las que uno debe inyectar hierro en sus rodillas y ser inflexible ante la adversidad, pero toda esa constelación de posibilidades, cuando uno ama dolorosamente y teme, por su propia vida, teme, la pérdida absoluta del norte, como una tormenta de arena, de nubes negras, de todos los fenómenos del cielo y de la tierra que son en efecto naturales, impredecibles e incombatibles, ese cielo se eclipsa y nada existe porque la química del cerebro es, en efecto, natural, impredecible e incombatible, y las elecciones del corazón son, en efecto, naturales, impredecibles e incombatibles.
Y yo me quedo vagando, natural, impredecible e incombatiblemente por esta ciudad, hasta que me aleje de ella y la entierre en la zona cero de mi corazón, como una cajita de latón llena de recuerdos que ya sean solo recuerdos y respondan únicamente a la nostalgia y no al desgarro. Viviré el teatrillo de mi vida, consciente de mi irreparable tropiezo, y trataré de mejorar mis ojos para que encuentren, al menos, el reflejo de la constelación que solí seguir un día, cuando no era media persona, y tenía capacidad para soportar lo que ahora mi mutilación me condena a no soportar más.


sábado

Pismo. Pióro.

Se había incorporado para abrir la puerta. Dos horas más tarde el aire husmeaba dentro de la habitación. El humo en los ojos y la tinta del bolígrafo en los laterales de los dedos. Los nervios y apretar las manos. Se rumiaba por ahí que estaba en blanco, y era todo falacia y tácticas de destrucción. Tenía la boca llena, sólo que su voz estaba truncada. Miraba de reojo lo que no conocía (¿quería conocerlo antes de verlo por completo?) y trataba de enumerar características. Siempre contándolo todo y eso nunca se puede. No todo se toca.
Había llegado una carta; un papel, blanco, rugoso. "Carta para tí; habla y respira." decía en el encabezamiento. Lo demás estaba en blanco. Siempre ese color blanco arrastrando bajo la suela de su zapato, la nada luminosa. Las señales eran ya demasiado evidentes: tenía que escribir. Estaba escribiendo siempre, en su mente, en su cabeza. Escribe siempre. Nunca descansa. Pero nunca tiene nada. Todo está siempre a punto de morir. Nunca termina. Todo se disuelve siempre. En los dedos sólo la tinta y los ojos desdeñosos. Hacia la pared. El suelo. Salir a la calle.¿Por qué? ¿Para quién? ¿Qué es tener una finalidad? ¿Todo la tiene? Y entonces...¿la inercia?
El cartero ya se había ido, la carta en sus manos, el estatismo en sus piernas. No podía moverse hasta que no tuviera algo que decir.
Se dirigió al escritorio y escribió una cita, una cita que no dice y que grita, una cita que nunca cita nada. Pero habló. Descubrió que mucho está hecho sólo para sí, y que no necesitaba explicarse. Ya no más. No quería, nació así, y asi debía ser comprendida, y no más. No buscar que la comprendan, no buscar a nadie que lo haga. Hacerlo consigo misma. En silencio. Sacar la espina de la carne es lo único que puede hacer el ser humano consigo mismo en su soledad. Y escribió;

El asfalto de la ciudad del hombre siempre está muriendo de sed.

Y respiró. 

jueves

Una vela en la mañana.

Yo cojo el tiempo, lo vuelvo húmedo, lo respiro y lo hastío. La humedad de la que hablo, la que yo respiro, se amasa en mi nariz y me sube hasta los ojos, y el tiempo es entonces una isla sobre un aire [húmedo], isla sola, isla ahogada. Sola yo. Sola con el tiempo, con la isla. Sola ahora, sí, sola. Sola como respiro, como necesidad. El vértigo ahora es más que yo, hasta me mira a la cara. Yo desciendo con el paso más lento cada vez por el caracol metálico de mis insistencias, ya no exijo más. Ahora no encuentro atractivo alguno a esas alturas, donde mi control sobre todo está reducido a la ligereza de las plumas. Las plumas y el viento. Yo. Ella. La mujer. La niña. Yo entre la gente que se mueve. Sola para ser, para ser sin más, para la sencillez. Ahora buscar es un verbo para el egoísmo. Mi rostro se ha curvado muchas veces, me he mirado las manos todos los días, a todas horas, y todo se formaba solo, yo no hacía ni deshacía, y yo miraba. Mis manos. Las inútiles. Mis manos. Mirar es necesario, aunque se mire a donde no se debe, mirar para ver(me, te, le, nos...). Mirar para ver que no me muevo.
Mirar al sol para ver que al final es blanco. La desgana del ciego en la mirada. Y repentinamente, creo verme única y sin más con mi soledad, esa que es conmigo, cubriendo las paredes de su castillo de azul. Azul y azul. Sola no. Sola nunca, una quiere y nunca puede estar sola. Esta siempre con su cabeza y con sus actos, con sus no-actos, con las palabras que dice y con las que piensa, sobre todo con las que piensa. Con las palabras que oye y con las que imagina oír, sobre todo con las que imagina oír.
Pero hago lo que está en mi garganta, en mi cabeza, cabeza de pecera, peces de mala memoria...ahora no esbozo nada, con mis dedos, floto en un espacio sórdido y sin gravedad, el silencio en la incapacidad. Dónde estoy. Dónde está. Qué. Con mis pinceles de la esterilidad estoy borrando mi figura, los pinceles de la pintura de la luz del sol, del blanco, el blanco sobre el blanco no habla de nada, solo habla en la mente del que sólo ve colores. Donde están mis colores.
En mis ojos bicolores.
En mi esternón.
En un hueso duro, calado y enfermo.


miércoles

.

Un cristal en el ojo.


Los edificios de la ciudad de piedra gris escenografían la segmentación vital de los sucesos que guardo en este abrigo asediado por un frío que no es terrenal, un frío que serpentea en las venas. Los edificios tienen su rostro, en las ventanas oscuras y en las iluminadas, los retazos de una expresión que despierta en la noche a las brujas de la desidia. Inercia facial. Yo no me resisto al paso ligero, dentro de mí hay aire y humo, y como una bolsa sucia floto, y me cubre la dermis sintética, encallecida, mi piel de dos caras, la del calor que la funde con mi entorno, y la del frio que la agrieta adheriéndola a mis costillas. Las venas gusano devoran mi vitalidad, la luz de los ojos brilla, fielmente al modo en que "la belleza está en los ojos del que mira". Alguien como yo que conoce la sal habló y calló al mundo hipócrita. La belleza. ¿La belleza?. Yo veo, sin más, belleza en la destrucción. Donde la belleza se ha destruído, la destrucción es resurrección a la belleza, y se crea, y se cree, y se reduce y se magnifica. Y nuevo es todo a los ojos de aquél de vista cansada. Y bello es lo misterioso, y lo desconocido, y en el estómago todo se reúne y mueve al cuerpo. Y la belleza es sola sin vestimenta belleza atribuída, belleza asignada, belleza dormida y pasiva. La ciudad de piedra gris reflejada en los cristales del movimiento urbano. La veo deformarse, en los espejos, en la realidad desprotegida de la verdad de que no es nada, nunca, real, en el seno de un mundo que simula, simula, ciudad teatro. Ciudad solapada del que la mira con los ojos de la mente. Yo no se de historias tristes ya, yo no asigno, no se de la felicidad, no se de lo que imponen que debe calificarse de un modo u otro. No me interesa saber. No saber, si está condicionado uno a saber lo que le permiten. Quiero derribar la ciudad de piedra gris, quiero quemarla, con toda la artillería de la ficción que lleva dentro. Ver morir a la muerte. Ver morir, un día tras otro, a esta ciudad muerta, lánguida, abstemia de la verdad. ¿La verdad?.
La verdad es la recurrente mentira piadosa. Mi verdad es la mía. Y yo lo se, yo, la que no quiere saber, sabe, y se retuerce, sobre un montículo de arena seca desprendiéndose de sí, moviéndose sobre sí misma, la que no quiere saber, sabe, y explota la roca, llueve el fuego, mi piel se prende, y ardo, ardo para siempre en este deseo de ver volar a mis pájaros lejos de esta jaula de piedra gris demarcada por papeles firmados y descuidos sociales. La corrección, la soga del que sabe, que la corrección, como esta ciudad de piedra gris, como sus ventanas, como su rostro, la belleza, la destrucción, la muerte y su vida, y también su muerte, como todo, que todo es, a grandes rasgos nada, no existe.
Nada nunca nada, solo gatos en los tejados, y el tiempo húmedo en las fosas nasales.