Nota para mí.

caleidoscopio.



Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Petrarca.

martes

Gotas en la garganta.

Coágulo de superficialidad.
De eso sufro. Hay dentro de mí un oleaje desbordado, violento, reprimido que se destapa, golpea con infundada rabia mi geometría interna y cristaliza mis esquinas con su sal. Un charco holgado, poroso y profundo, doliente.
Ansío la bocanada de aire fresco, la busco exasperadamente, con mis dientes hundidos en la cólera, desparasitando mis costillas de los jirones que me quedan, adquiero olor a rincón y me vuelvo de manos cetrinas e inconstantes que van de mi cabeza a mis costillas, de mis costillas a mis pies, y a veces no vuelven nunca, parecen ya manos de cera y de plegaria mortecina que no saben donde queda la utilidad de las cosas que se tienen en una casa. La casa en la que hay cosas y rincones también se inunda con mi oleaje, arrastra personas y memoria. Lo único que conservo es el polvo de mi sedición más evocable que palpable, y los huesos de los vástagos de Crono y Gea astillados en mi tráquea, atravesados hacia afuera, como una gargantilla ensangrentada.
Ahora me bebo el humo de mi candela y sopeso en el paladar las cenizas que me van quedando de todo el imperio que una vez conquisté. Todo comenzó a arder desde la cúspide, desde el clímax de mi ensordecedora pasión.
Por fuera soy la joya de un feriante arruinado. Movimiento, sonido y luz limitados, y luego correr, porque la gente divertida es como de oblea para mi chatarra pesada, y la hago crujir hasta que huelo el dulzor. Pero me voy porque no quiero más dulzor que el del hierro de mis heridas.
Me escondo como una loba escondería a sus crías; preocupada y celosa de mí, solo quiero una cercanía, un cuerpo más, unas manos que cojan a las mías y las desempapelen, desempolven y alcen, me doblen la vida ciento ochenta grados a lo lejos de la adversidad.
Quiero un poco de lo que no hay, porque yo tampoco lo tengo.
Busco que me empujes con la fuerza de un sentimiento puro, unos brazos invisibles y certeros que alcanzan de seguro más de lo que lo hacen tus brazos férreos de la protección y la masculinidad que te definen. Más sangre caliente y más vida, una fracción de descontrol, éxtasis de tí en palabras o en esbozos que jamás serían en vano y guardaría tallados en la roca de mis imperfecciones para revestirlas, acercarlas a tí y transformarlas. Transformar mi roca en tu lecho de vegetación frondosa, defenderme de tus cosas verdes y pardas que disparan, impasibles, inamovibles, el disparo que me dejaría de por vida postrada, sólo capaz de observar tu movimiento, atenazada por ese disparo que anuncia tu incapacidad de abrirme la puerta y mi incapacidad de entrar y cerrarla tras de mí.
Las olas se calman. La sal purifica. Cronos ya no devora, sosiego, desmemoria y brisa verde hacen la espera más cálida en mi tejado.

miércoles

Espejo

Soy profecía de harapos retirados del derecho de agitarse al viento. Acción pasajera inócua, catársis de la no astricción: parada y pausa.
Olores diluídos, ausencia incompleta. Soy mucha nada. Mucha paciencia y piedras. Ruído de nueces.
He visto la luz iluminar otros propileos, y la falsa trompeta del mundo entonar en templos a favor de la barbarie. Por eso me quedo en poco, la demora de no ser nada hace más débil el crugido de mi sofoco.

lunes

La venganza de Octubre.

Hace hoy exactamente mucho tiempo que hablo casi sin voz. Llevo un tramo de camino de piedra en el que no veo que forma tienen las cosas que quiero contar. Se me está haciendo difícil y lánguido. Hace que me colme.
Es ahora, en este momento en el que no hay más que un lago en calma, en el que nada parece moverse, ni si quiera yo, en el que me doy cuenta de cómo se movía todo antes de.
El estatismo está violando mi pronto, me está agarrando las pestañas, las amarra al sol. Y me duele la luz. El estatismo me hace sentir cansada a cualquier hora del día. Las noches no son distntas a las mañanas salvo por la luz, mi voz es un hilo, a cualquier hora del día.
El miedo que me provoca es que haya un de repente.
Que gire.
El ruído.
El movimiento repentino tras la calma aparente.
Pero como no es tan sólo calma, como no es únicamente quietud, es como una espera que me astilla el pecho a veces porque el escalón donde reposo mi escéptico trasero se está volviendo pétreo y helado. Me expulsan de aquí. Me decido a irme yo, porque donde no se mueve el mundo yo pierdo el equilibrio, porque no se si voy a poder parar a su ritmo. Dar ese frenazo en seco que arrastra sudor frío a lo largo de la nuca. Qué controversia entre todas las mujeres de mi interior, pero qué curiosa la voz única con la que braman y comentan qué tipo de cosas son las que no puedo hacer.
La mierda es la mierda, a la velocidad a la que vayamos todos.
Y si se algo no es que no sepa nada, sino que sé poco. Porque sé, y yo sé que sé, y mis mujeres saben que sé, pero el todo es un cuadro de subjetividad que no cuelgan en todos los museos del mundo.
Qué pesadilla. Siempre buscando el ruído, siempre buscando un secreto, con el ombligo cada vez mas oscuro y más pequeño, mi humanidad está en crisis, y la lengua se me está hinchando, tanto que me la muerdo hasta cuando pienso, y es cuando empiezo a cambiar de opinión. Eso de que algo sé, se convierte en que creo que no sé nada y que si pudiese saber menos que nada, sabría menos. Ahí empieza a dar igual, ahí llega la apatía, el no discernimiento entre lo que me hace vivir y lo que me hastía. La verdadera invasión de la falta de movimiento.
Ahí está el inicio de mi pensamiento en tí, y en ella, y en él, y en ellos, y en las puertas que se abren, y en las que se cierran, en los saltos que uno da, ya sea hacia adelante o hacia atrás, y pienso en que en medio de toda esta quietud, puede que sí que me haya movido, que no lo haya notado, y que los años, los meses y las horas muertas me han sentado frente al mar, el viento ha soplado y a mi se me ocurren las cosas que podrían haber sido al revés.
Entonces pienso que efectivamente, todo ha sido siempre al revés. Nada está al derecho.
No hay motivo para que, pero aunque no siempre es así, lo busco, lo busco entre papeles y cosas que no sirven, el estado erecto de las cosas, la situación puntual.
Me aburro del estatismo, pero lo busco en todas partes.
Estoy en duelo conmigo misma.
Mis mujeres abuchean.
Hacen ruido de nueces al romperse.
Sus hielos contra mi cristal diluyen a base de tiempo toda la clarividencia que creí poseer por derecho.
Y mi esencia cambia cada vez que percibo un nuevo cambio de movimiento en este perpetuo mundo.
La desgracia es que no paro de buscar un nombre, una sentencia, inevitablemente pensando que la denotación de las cosas me hace más segura ante ellas, como si conociese el miedo a algo que nunca haya vivido, tan sólo por bautizarlo y poder escribir su nombre. Qué. Pues nada. Porque un nombre se queda en nada. Placebo.
Placebo de la seguridad.

Malditos sean los pronósticos, los enunciados y las definiciones.

Quiero volver a fluir, aunque nunca he dejado de hacerlo, siempre ansío en cierto modo un retroceso, porque la vuelta atrás simboliza un camino más seguro y reconstruído, incluso agradable, bello y exitoso. Atrás no más, atrás no más, las mujeres de nuevo se excitan consigo mismas, y yo comienzo ahora a plantear sobre mi mesa el esquema del no retroceso, del movimiento nuevo e inesperado, sin errores, improvisar una casa de plomo sobre una ciénaga, me vuelvo un poco escéptica en ocasiones, pero lo planifico, porque como del estatismo, me aburro también del retroceso.
Cáncer.
Me siento como un Buendía, marcada por algo que no está en mi mano pero que se transparenta en mis iniciales. Me siento como la Maga, no puedo encontrarme del todo. Me siento a esperar de nuevo, en medio de ese estatismo que me desquicia, porque antes que el retroceso, sopeso la espera, espero las ideas que me hagan desdoblar a mis mujeres, espero la diferencia entre las mañanas y las noches, mientras mi cabello crece y mis ojos se van cansando.
Sólo tengo que encontrar una silla bonita, y alguien con quien hablar de lo que no puedo hablar ni conmigo misma.


miércoles

Zwei

Sendero de lírios seré
bajo la piedra que bajo mi pie
monte escarpado a simple vista
se ve.

Canción para sordos,
llover,
el sol nacer
ante los clavos de mi rescoldo.

Por más que los vientos aturdan
y el flujo al cuello se aferre,
por más que mis manos erren,
no seré yo, ni serán mis órganos,
ni serán mis derrotas ni enemigos mundanos
los que mi devenir confundan.

No será otra daga
la que se hunda en mi pecho,
ni otra llama
la que me haya desecho,
que aquella de la gran Maga,
la que vive hasta en los sueños,
la que nace cual miembro a uno ligado
para llevarlo a ras del suelo,
como un candíl iluminado
hasta la sombra de la hastiada nada,
hasta emprender el retorno del camino una vez hecho.

Tierra

Había un frescor de hierba buena y piña mojada en el fervor del aire que alteraba aquellas copas de un verde sobrio. La localidad salada. Azul de no secarse.
Alentaban los largos paseos las cremosas páginas que paseaban también al final de cada uno de ellos, siempre varadas en una orilla diferente, caldeadas por el mismo río suave, suaves las temperaturas, y suave también la huída del sol, no era huída de tanta sutileza que se hundía en la cola del río, cuando el día lloraba, cuando cerraba los ojos. El viento en el oído a veces punzante era el único que defendía su area, el único que recordaba lo real del paraiso visual, un Whistler de azul y barcos con la luz muerta, miel al sol el espectáculo tardío de su muerte aún inacabada, muerte seca, tiempo solo, sólo tiempo en la orilla del río, tiempo en sus piedras, en sus formas. Un pájaro o dos en la lejanía de la línea de en frente, donde los pies son de escamas y el invierno una tormenta de una estación entera. El ensueño es inevitable bajo el agua, y entre muchas letras endulzadas por este fotograma de sentidos, digno de Milton, una subyace en la idea no tan descabellada de que el verano enamora a la hora de irse, cuando deja la arena más fría del año y el agua mas candente. -¡Que me voy!-parece que dice-¡Que me estoy yendo!- comenta el estío.
Se va el dorado tornando romero seco, romero de bosques que viven en lluvia de plata, sólo al paso de unos meses el sonido del vaivén del río cambia, y el olor de la tierra mojada de otras aguas que vienen de arriba calman un poco esa necesidad de los sentidos de percibir cierta belleza en el cambio radical de los vientos.




lunes

Corrosión

Parece como azufre en el oxígeno, eso que huele siempre a lo mismo y que irrita siempre de la misma manera. Andaba yo purificando mi vida como si fuera posible pulir con una lima un acantilado, y siempre quedaban cuerpos extraños, polvo y mugre. De no ser por esta pérfida ola de frenesí, de lidiar con ver que se impregna, habría apostado un corazón humano a que, valga la bipolaridad de la confusión y el no discernimiento de lo que queremos llamar realidad, nunca hay polvitos rojos sobre mi almohada, pero yo los inhalo, los siento. Por eso sé que siempre están ahí.

Roca

Con un hacha clavada en las partes bajas y una sonrisa carnavalesca en las comisuras te ves hasta humana y si me amenazas un poco te diría que hasta tienes cierto atractivo, pero qué miedo me dan tus ojos. Qué miedo qué miedo que la enfermedad se abre paso a través de tus pupilas y saberte mal me sabe insípido, como esas miradas enfermas, que no tienen dirección ni remite, como un hilo cortado en medio del suelo que al caminar pisas y sin tener consciencia de él lo llevas arrastrado bajo tus pies como una cadena de hierro amarrada a un fantasma. Qué miedo cargar contigo y con esos ojos que no tienen color.